Viatri y la fábrica de elegancia que lo volvió jugador

Hizo dos golazos. Fue la figura contra San José. Salió de Club Parque, como Riquelme y Gago. Es una pieza clave de Peñarol.

No es por azar que Lucas Viatri sea un centrodelantero elegante, pisador de pelota, habilitador, jugador de espaldas y artista: sólo así, se logra definir como en el cuarto tanto de Peñarol, por encima del arquero, Carlos Lampe, mirando para el lado opuesto de donde lanzará la pelota, para despistar, amagándose hasta a sí mismo. En Loma Hermosa, en Buenos Aires, en el club de la vuelta de su casa, tiraba pelotazos, apenas caminaba. Jugaba con dos categorías más grandes. El fútbol lo enloquecía. Entonces, a los seis años, se fue a probar a una escuelita y terminó en Club Parque, la mejor fábrica de jugadores de los últimos treinta años de Argentina.

De ahí, salieron: Juan Román Riquelme, Carlos Tevez, Fernando Gago y Esteban Cambiasso. 

Los jugadores iban desde ahí a Argentinos Juniors. Hasta que Boca se llevó a trabajar a su club a Ramón Maddoni, descubridor de cracks en Argentina. Avisó: "Me voy, ¿alguien quiere venir?". Y Viatri, bostero desde siempre, se fue a Casa Amarilla. Donde se volvió socio, día tras día, de Riquelme, su amigo. 

Bajo la sombra del mito de Martín Palermo, Viatri recorrió miles de kilómetros para encontrar su lugar en el mundo: Guayaquil, Chiapas, Maracaibo, Shangai, Banfield y Estudiantes. "Me picó el bicho de ir a un club grande", y ahí apareció Peñarol, el gigante de Sudamérica que ruge cuando el centrodelantero tira esas pinceladas elegantes que hacen delirar a la multitud de Montevideo.

No le fue fácil. Primero, llegó sin pretemporada. Perdió un amistoso de verano contra Nacional, un cruce contra Danubio y echaron al técnico que lo llevó. Lo peor pasó a finales de 2017. Cada vez que iba al médico, la pregunta era la misma: "¿Cuándo voy a poder volver a jugar?". Estaba en Navidad, a finales tirando unas tortas de fuegos artificiales. Habíamos tirado siete. La última era gigante. Cada uno, explota a setenta metros del piso: pegó en el piso. Su papá, un señor de dos metros, gigante, se quedó duro. Su mujer lo agarró y lo llevó a una clínica. Sus ojos zafaron por pura suerte. Lo operaron. Seis meses después, sin protección en la cara porque le incomodaba, volvió a la cancha.  

No era la primera vez que volvía con todo. En Boca, en 2011, se había roto el ligamento de la rodilla. Regresó, de visitante contra Racing, en 2012 y a los minutos de haber ingresado tiró un taco para arriba, fue sombrerito y, cuando la pelota caía, metió una volea genial. Elegante, como siempre.

Viatri lleva el fútbol sudamericano en la sangre. Sus pisadas son maravillosas. Habilita tanto como lo que golea. 

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