Armani y la leyenda de la boca del lobo

El equipo de Gallardo vuelve a ganar una fase complicadísima. Cerro Porteño hizo sentir la localía. Aquí un relato de la intimidad del triunfo.

Desde el vestuario visitante hasta el césped que arde, hay que pasar por un laberinto de animales legendarios y guerreros salvajes dibujados en las paredes. En ese pasillo donde se ladran vamos y dales carajos escupidos al aire, suenan los saltos de la tribuna estallada que se viene encima. Apenas se pasan esos segundos de ruidos de tapones de botines contra el piso, hay una rendija de aire y lo único que se puede ver es la inmensidad de la hinchada de Cerro Porteño gritando. Alguien grita que esperen, que faltan los locales, que tienen que salir a la vez. En ese estruendo que no para, hay que tener coraje para que la piel de gallina no consuma el cerebro. Una hora y media después, Franco Armani, el último en regresar al camarín, va a pasar caminando, calmo, mirando para las paredes. La última imagen que va a ver es la de unos colmillos. Sonríe. River salió vivo de esa boca del lobo.

Marcelo Gallardo se toca el mentón, se rasca la cabeza y piensa porque sabe que a su equipo la cosa no le está saliendo. Haedo Valdez le ganó la corrida a Rojas hace unos instantes y el estadio es un hervidero. River abusa de los pelotazos, mientras Juan Pablo Carrizo quema sus cuerdas vocales pidiendo a Juan Patiño que no se separe ni cuando Cerro ataca de Suárez. En el entretiempo, cuando el temple pueda descontrolarse, el cuerpo técnico y los jugadores se van a encerrar y no se va a escuchar ni un respiro. El curriculum dice que de 59 series mano a mano, el River del Muñeco ganó 48. Aunque el equipo haya hecho un flojo primer tiempo, para sacarle el cinturón al campeón, dice la jerga del boxeo, hay que matarlo. Ésta vez no será la vez: por eso, el entrenador, mientras esquiva una gaseosa que le lanzan desde la popular, aprieta el puño, mira a la gente y sacude.

“Dale Wacho”, le grita Palacio al oído a De la Cruz que salta como un loco tras hace el gol. El día anterior hasta tuvo que ir a declarar a una fiscalía y su partido venía flojo. A Suárez, Carrizo le robó el gol con la punta del tobillo y el uruguayo entró como un maratonista y le pegó con el alma para correr con las rodillas pegándose al pecho. Desde ese instante, el partido se muere. Cerro Porteño pierde el ímpetu y, por un ratito, hay poco sonido. Hasta vuelve a haber viento y la temperatura baja. Armani, que entrando en calor le decía al utilero que el clima estaba espeso, ahora levanta los brazos con el cuerpo reavivado.

No sólo está vivo, no sólo se saca de encima a ese lobo, no sólo se escapa del rugido insoportable de la Olla. Es mucho más que eso: va a jugar, de nuevo, contra Boca.

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