Un equipo, un estilo, un sello

En Buenos Aires, fueron 8. Pasó la pandemia. En Lima, 6. El equipo de Marcelo Gallardo fue muy superior a Bi Nacional.

Desde 2015 que River es protagonista de la Libertadores. La ganó dos veces, llegó a la final en otra edición y metió una semifinal. La entiende. Ejerce sus partidos como un experto. Sabe cuándo hay que apretar, cuándo hay que plancharse y cuándo no hay que descansar. Por eso, aplasta, cuando hay una rendija que permita hacerlo. No es la primera vez, desde que llegó Gallardo, que golea de esta manera -con Jorge Wilsterman-. Nadie en su sano juicio querría cruzarse con este equipo en esta Copa.

A River parece no haberle pasado el tiempo de la pandemia. Como si hubiera dado lo mismo. Y mantienen con verborragia el leimotiv que lo trajo hasta acá: seguir llegando antes que los rivales a cualquier pelota. Cuando eso ocurre, alcanza con dársela a Enzo Pérez y a Nacho Fernández, que ellos ya saben qué es lo que hay que hacer: cuándo un pase fuerte, cuándo largo, cuándo desmarcarse, cuándo y cuánto y cómo hay que juntarse.

Tarde o temprano, la pelota va a llegarle a los delanteros. Matías Suárez sigue en esplendor de talento: controlar, patear y conducir con cualquier hemiferio del cuerpo, acelerar o frenar o tocar o lo que haga falta. Rafael Santos Borré sigue siendo insoportable para los defensores rivales. Al igual que Nicolás De la Cruz, su socio del mediocampo en esto expresar la electricidad del equipo.

La calidad de Julián Álvarez es la nueva incorporación de este equipo. El nuevo artificio del nuevo esquema táctico: 4-3-3. La aventura del 5-3-2 culminó. Quizás el regreso de Milton Casco modifique el escenario, pero difícilmente salga de esta estructura y será Angileri quien deje su lugar. Marcelo Gallardo, como sea, logra reinventar a fuerza de pequeñas modificaciones a su equipo. La firma sigue siendo la misma.   

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