El recital de Riquelme contra Palmeiras en la CONMEBOL Libertadores 2001

Carlos Bianchi, a los 71 años, encerrado en su casa por la pandemia, podría hablar desde el cielo y utilizar un lenguaje que pintara de complejo una magistral decisión táctica que tomó hace 19 años: no lo hace.

Boca, su Boca, uno de los equipos más triunfadores de la historia del fútbol argentino, en 2001, viajó a Sao Paulo y le ganó una semifinal de la CONMEBOL Libertadores al temible Palmeiras. La formación fue: Córdoba, Ibarra, Bermúdez, Burdisso, Matellán; Pinto, Serna, Traverso; Giménez, Riquelme y Gaitán. Dispuesto 4-3-3, sin centrodelantero, con el 10 centrado, Giménez por derecha y Gaitán por izquierda.

 

El 2 de mayo de 2009, se cumplieron once años del 6-2 de Barcelona a Real Madrid. La noche anterior, Pep Guardiola llamó a Messi y le confirmó que jugaría de falso nueve al día siguiente. Que atraería a los dos centrales merengues o que quedaría con espacio para encarar, tal como más o menos lo contó en Buenos Aires, en el teatro Gran Rex. Una hora antes de que arrancara el partido, el entrenador le avisó a Xavi Hernández y a Andrés Iniesta que lo verían al 10 circulando por el medio. Generarían superioridad numérica en el centro.

Dicen que el primer falso nueve fue el húngaro, Nàndor Hidegkuti, el 25 de noviembre de 1953, en Wembley. Las crónicas periodísticas de la fecha certificaron que uno de los defensores encargado de marcarlo funcionó como un “bombonero acudiendo al fuego equivocado”.

Pero a Bianchi no le interesa darle espesor filosófico a su plan de partido. No quiere construir ningún ismo. Su explicación no por simple es más vulgar: “Yo le decía solamente que acompañara al ataque contrario, así cuando nosotros la recuperábamos él estaba libre”.

Riquelme jugó, para muchos, su mejor partido en Boca. Fue 2-2, fueron a penales y la ventaja en los doce pasos le dio el pase para la final que, luego, le ganaría a Cruz Azul. La explicación de su posición tiene un antecedente: Guillermo Barros Schelotto, Marcelo Delgado y Antonio Barijho no estaban en condiciones físicas de ser titulares. Tampoco Clemente Rodríguez o Calvo y por eso jugó Matellán de lateral por izquierda. Lo que demostró en el césped, más allá del talento de Riquelme, fue el gran funcionamiento táctico de una idea.

Gran parte del partido, Boca estuvo abocado a defenderse por su condición de visitante -en esa etapa los cuidados para quien viajaba eran menor que ahora, al punto que el partido se frenó por un golpe al juez de línea- y porque a los 16 minutos del primer tiempo ya ganaba 2-0. Pero eso no cambió que la disposición táctica ayudara a que Riquelme pudiera jugar suelto. Los dos extremos le daban amplitud a la cancha, Giménez era más vertical y Walter Gaitán, un mediapunta, más tenencia. Los mediocampistas eran casi volantes centrales, por lo que en el césped quedaba un gran espacio para el 10. Que contaba con un arma clave para construir tiempo: su técnica para parar la pelota. En algunas ocasiones, Córdoba sacó y Riquelme frenó la pelota en el aire, acomodándola para donde quería.

Lo completo de Riquelme como jugador se ve no sólo en la técnica sino en la capacidad para caer a los costados de la cancha con igual resolución en derecha o en izquierda. Según el espacio que hubiera, el 10 se la ingeniaba para jugar donde quisiera y enloquecer a Palmeiras. Su gambeta para ganar tiempo, su espalda para sostener la posesión, su inteligencia para ver los huecos, su retroceso para aprovechar las flechas de los costados. Fútbol total, grandilocuente, aunque Bianchi y él prefieran no hacer grandes afirmaciones sobre lo logrado.

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