Resiliencia: ¿cómo Boca se reconstruyó en un año?

Cambiaron los recursos. Jugadores de perfil bajo. El equipo de los volantes sobre los delanteros. El rol de Alfaro en poner de pie al conjunto que había perdido.

En la Divina Comedia, Dante Alighieri cuenta de tres personajes que atraviesan tres estadíos: el infierno, el purgatorio y el paraíso. La obra de más de 700 años fue tan importante para la historia de la literatura que universalizó frases. Gustavo Alfaro se sentó en la sala de prensa de La Bombonera, en los primeros días de 2019, dijo que estaba ahí porque era el sueño de su padre y definió a lo que se sometía su vida, la de sus jugadores y la de su círculo íntimo: “Boca no tiene purgatorio, es el cielo o el infierno”.

No había pasado ni un mes de la derrota en la final de la Copa Libertadores, en Madrid, contra River. Un absurdo de la bipolaridad argentina: un equipo había llegado a la final, era el segundo mejor de Sudamérica y, aún así, la condena era una piedra para siempre. De los titulares de Boca aquel día, sólo siguen ejerciendo el mismo rol Izquierdoz y Andrada. Buffarini ahora es suplente. Tevez y Wanchope sobrevivieron. Zárate y Reynoso esperan tener en la semifinal los minutos que no tuvieron en aquella historia. Más pasó de alternativa a titular. El resto se fueron. Sólo los equipos muy grandes pasan de una derrota así a pararse y estar de nuevo compitiendo en lo más alto. Mucho tienen que ver esas palabras de Alfaro de aquel día cuando anunció: “Ya está, el duelo ya se hizo”.

Hay dos características que pintan a los deportistas de elite: su talento y su vicio por competir. Su fastidio por perder hasta a los dados. Izquierdoz, subcapitán, lo dice con dolor, pero sin perder la esencia: “No resultó como queríamos y, sin embargo, nosotros tenemos que seguir viviendo. Nuestro nuevo desafío es ganar la Libertadores. Entonces nos preocupamos y nos preparamos para lo que viene. Lo que pasó ya no hay modo de cambiarlo. Intentamos gastar nuestra energía en eso y en lo que nos conviene”. Ese deseo es el que movió a jugar, a menos de un año, una revancha del clásico anterior, el evento más argentino posible, el boom de los algoritmos con la palabra Superclásico, una semifinal a cuatro días de una elección presidencial.

Alfaro asume la responsabilidad. Cambió el Boca de los delanteros de Barros Schelotto, fundamentalista de los extremos, por el Boca de los mediocampistas. Cambió de tener misma cantidad de volantes y puntas a poner contra Liga de Quito cinco en la mitad y uno sólo arriba. Perdió vértigo y sumó ensanchamiento. Horizontal por sobre vertical el escenario es otro. Aunque el esquema que más utilizó fue el de 4-4-1-1, tras la pista en Ecuador, Gallardo dudará cada partido cómo digitará Boca el centro de la cancha: si con dos, si con tres. También modificó su salida de juego: Andrada, un gran arquero con los pies, ya no busca pases cortos o a media altura, ahora es todo largo, al centrodelantero, que pivotea de espaldas.  

Los recursos cambiaron. El protagonismo de Weigandt y de Capaldo, dos juveniles del club, es una apuesta con juventud y con identidad. Mac Allister, Salvio y De Rossi son el salto reciente de calidad. Marcone y Lisandro López los primeros refuerzos ya afianzados. Soldano y Hurtado son las variantes a Wanchope. A menos de un año, son muchos los nombres que llegaron a semifinal sin haber padecido el dolor del año anterior. Personalidades ordenadadas de perfil bajo. A la par del entrenador.

Resiliencia: en psicología, capacidad de una persona para superar circunstancias traumáticas. Alfaro citó al genio de la literatura italiana para pintar los días que sabían que se le podrían venir. Otra vez, el Superclásico expone a las dos instituciones a deambular por la gloria eterna. Desde el purgatorio, Boca está de pie, todavía con hambre de volver al paraíso del que, alguna vez, fue parte.

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