Rafael Santos Borré: el niño que dormía con una pelota

Cuando quiso dejar el fútbol en España. Su capacidad de resiliencia. El peso de la salida de Alario. La historia de un profesional con todas las letras.

Rafael dormía con una pelota y, si se la quitaban, a la hora que fuera, se despertaba. Se metía a bañar con un limón, lo pateaba, hacía jueguitos y, si su mamá entraba a sacárselo, él agarraba la tapita del dentífrico y le daba. Si iba caminando, agarraba una lata de cerveza o una piedrita y armaba jugadas. La vida en el barrio Santo Domingo de Barranquilla era limitada, pero él definía en arcos imaginarios pateando llantas de autos. Todo esto lo cuenta Ismael, profesor de matemática, su papá. Y quizás sea la mejor hipótesis para explicar por qué Santos Borré sale disparado hacia la pelota, como un cachorro desesperado, cuando el árbitro pita el inicio del partido.

Santo Domingo es su piedra angular. Cuando sus papás se separaron, él se fue a vivir a Valledupar, al norte de Colombia, con Ismael. A Barranquilla volvía de vacaciones. En 2007, Federico Chambs, el presidente del club Neogranadinos, se anotó en el torneo Asefal y le faltaban jugadores. Le escribió a varios amigos. Pipo, un amigo del barrio, le propuso tres y le aclaró que había uno más que estaba ahí de vacaciones. No hizo ningún gol en el campeonato, pero impresionó. Querían ficharlo y su papá autorizó para que se quedara allí con dos condiciones: que le consiguieran donde vivir y que fuera a la escuela.

Tenía una personalidad de esas que avasallan. A los 4 años, un profesor citó a su padre para plantearle un problema: “Quiere cobrar todas las cosas. Faltas, córners, amarillas”. Ismael lo quiso defender y lo justificó. El problema, según el profesor, es que Rafael quería cobrar las propias y las del contrario. La pelota y, sobre todo, ser futbolista lo enloquecía. Un día, su familia no tenía plata para el transporte hacia la cancha. “Es para la ida o para la vuelta”, le plantearon y su respuesta fue de profesional: “Vamos en bus a la ida y a la vuelta caminando, así no se me cansan las piernas para jugar”.

Era un torneo de barrios y, a cada semana, preguntaba cuándo les tocaba contra Santo Domingo. Desde la primera a la décima fecha consultó hasta que llegó. El primer tiempo fue 0-2 para las calles que lo parieron. Chambs le pidió al entrenador si podía hablarle a Rafa un minuto. “¿Todo el año preguntando para que juegues así?”, lo apretó el presidente. Arrancó y metió el descuento. Pero cuando hizo el empate fue corriendo al alambrado, se llevó el dedo a la boca y lo mandá a callar. Al rato, convirtió el 3-2. A Borré el profesionalismo le corría por las venas.

Henry Peralta era otro de los dirigentes de Neogranadinos. Se comunicó con Agustín Garizabalo, uno de los más famosos descubridores de futbolistas en Cali -también encontró a Juan Cuadrado, Luis Muriel, Gustavo Cuéllar y a Abel Aguilar-, quien escribe sus informes en forma de crónicas bellísimas. “Yo sabía que él era exagerado, así que tardé un poco en ir, pero descubrí magias y sensaciones que me motivaron a ese proyecto”.

Hubo dos características que enloquecieron a Garizabalo:

1- “El día que fui a verlo (en un entrenamiento) me llamó la atención su dinámica y su calidad técnica, en esas edades no es fácil. Sus movimientos eran incesantes pero también económicos. Me hizo recordar a Freddy Montero, que casi no sudaba mientras jugaba”.

2- Cuando hablaba con él me gustaba su alegría, su forma de preguntarme cosas sobre el juego, su capacidad para tratar de entender, por ejemplo, aquello de "salir para entrar", el movimiento que debe hace un delantero para ponerse en situación de gol (regresar medio metro para quedar libre de marca) cuando la pelota la tiene un compañero sobre un costado.

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Santos Borré volvió de un entrenamiento en España, buscó los oídos siempre pendientes de Ana y le dijo lo más duro que alguna vez pensó: “No sé si esto es para mí”. Su amor lo tranquilizó. La estadía en Atlético Madrid y en Villarreal eran mucho más duras de lo esperado. Se había destacado en Deportivo Cali -donde debutó en noviembre de 2013-, había hecho historia metiéndole un triplete a Millonarios y se había perdido las últimas fechas del campeonato ganado en 2015 por estar en el Mundial Sub20 en  Nueva Zelanda. Su sociedad con Harold Preciado era desequilibrante. Los colchoneros decidieron adquirirlo como capital futuro. Él no encontraba espacio.

No era la primera vez que le pasaba en la vida. Fue citado a los 17 años a la Selección del Atlántico. Tuvo un mal torneo y llegó a ser silbado. Garizabalo estaba preocupado, hasta que entendió que delante tenía un jugador preparado para triunfar: “Lo más importante es que no sufría por eso, sabía que era un momento difícil por el que tenía que pasar, pero que no tenía que ver con su calidad. Yo estaba más preocupado que él y eso me irritaba un poco. Finalmente me dijo: ‘No te preocupes, máquina, vendrán mejores tiempos’. Esa capacidad de resiliencia es lo que más valoro de Rafa”.

Marcelo Gallardo cree que a Santos Borré lo complicó la venta de Lucas Alario. Un mediodía el Bayer Leverkusen pagó la cláusula de salida y se llevó al delantero ganador de una Libertadores y de dos Copa Argentina. La presión cayó, de repente, sobre el colombiano, que venía sin continuidad. Le costaron los primeros seis meses hasta que una noche, en Avellaneda, contra Racing, se destapó y no paró nunca más. “Muchas veces leo que River lo cambió, pero no es así. En Cali era igual. Lo diferente es que acá le devolvieron la confianza sus compañeros y el cuerpo técnico”, reflexiona Ana Caicedo, quien además de ser su pareja es periodista.

Borré es un convencido del entrenamiento. Vive para el fútbol. Tiene un psicólogo y un coach personal. Sus padres confiesan que la única vez que lo vieron bebiendo alcohol fue en su casamiento, cuando brindó con un champagne. Más allá de las intensas prácticas en River, tiene un preparador físico y un técnico para perfeccionar movimientos. “Intento mejorar los perfiles, los controles orientados, los tiros libres. Invertir mucho tiempo en mí siento que me mejora”, detalla el futbolista, cuya estadística en la Libertadores es salvaje: en 2018, convirtió en octavos, en cuartos y en semis; en 2019, pateó el último penal contra Cruzeiro en octavos, marcó en cuartos y en semis.

Deja el alma en cada detalle porque así lo quiso. De niño, una vez su padre lo fue a buscar a un entrenamiento. Él, serio, le consultó: “¿Crees que llegaré a jugar profesionalmente”. Ismael fue tajante: “Nunca más me preguntes eso. Dios le da lugar a cada persona y el tuyo es ser futbolista”. Pidió perdón y prometió nunca más hablar de eso. Solamente ir para adelante en busca esa pelota que, todavía, lo enloquece cuando el árbitro pita para que se inicie el partido.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Santos Borré le clava los ojos a Andrada, lo espera un segundo, una milésima más, y lo ve caer. El estadio está en silencio y la televisión todavía no dijo nada, pero lo sabe. Calculó ese amague como si su corazón no bombeara sangre y el partido no fuera una semifinal. Trota, abre el pie, la empuja y la boca se le llena de risa. El destino y el gol son suyos. Entró a la cancha apurado y se dio cuenta que sus compañeros quedaron atrás. El árbitro pitó el comienzo y él corrió con ese empuje tan suyo que es avanzar con el pecho hacia adelante. Antes, se acercó a saludar a Alfaro, a quien conoce de Colombia. Se peleó con Izquierdoz tres veces. Se perdió un mano a mano. Apenas a los once minutos, su frente ya está salpicada de un sudor oceánico. En un partido tan intenso, de mediocampo que parecen niños deseando una pelota, Borré, el más rápido, saca diferencia. El penal, la llave del partido, es porque acelera el tiempo y le roba a Mas la convicción de que su cierre era perfecto. Borré es el de los goles importantes: a Racing, a Independiente, a Gremio, a Cerro, a Boca de nuevo. Su potencia lo vuelve indispensable. Su capacidad de giro para ambos lados también es su gesto y así lo deja parado a Soldano en el área, en la bola que el espectacular Andrada le saca. Aunque le sobra experiencia, busca la pelota como si siempre fuera la primera vez. Como si fuera un perro en una plaza. Suena lógico que sonría cuando la pelota entra y que se golpee el pecho diciéndole a la gente fui yo. Fui yo: el que lo supo antes que todos.

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