Mario Saralegui: el hombre Peñarol

Anécdotas, historias y estrategias del nuevo conductor manya.

A Omar Borrás el handy se le había quedado sin pilas y gastaba nervios desde el palco del estadio Cuauhtémoc de Puebla. Bailaba Diego Maradona en el césped y los octavos de final del Mundial 1986 se le iban escapando. Argentina le ganaba 1-0 y, de lejos, vio un cambio inesperado en el equipo que él conducía. Rubén Paz, que llevaba días con una molestia, ingresaba a la cancha. La leyenda se volvió un pase de versiones y ya nadie sabe cuál de los futbolistas fue el que dio la orden que casi termina con la leyenda del dios vecino. Pero de lo que no hay dudas es que Mario Saralegui, mediocampista, se recibió ese día de entrenador.

“Entre el deseo y la realidad se mueve la vida de la gente”, reflexiona, todavía, el nuevo entrenador de Peñarol cuando le preguntan cómo fue dejar Artigas para migrar a Montevideo, en 1977. La travesía implicaba 500 kilómetros de mudanza, que para los brasileños pueden no ser nada, pero para los uruguayos es caminarse todo el país. Con él, viajaban Venancio Ramos y Paz, otros cracks de la época. A su madre, maestra, no le gustaba nada la idea de que se dedicara al fútbol. Acaso en los potreros que rellenaban con cáscara de arroz para que las piedras no rasparan tanto era difícil imaginar que esa pasión pudiera volverse un trabajo. Y, por qué no, la gloria: porque esa es una buena palabra para sintetizar a un mediocampista que jugó cuatro finales de Libertadores, que ganó dos y que fue campeón del mundo.

Saralegui es héroe de Peñarol desde el instante en que conformó el mítico campeón de la Libertadores de 1982. Antes de viajar a Tokio para ganarle 2-0 al Aston Villa, se le rompió un termo de mate. “Sabés la cantidad que después fui destruyendo por cábala”, rememora de aquellos días. Hugo Bagnulo era el entrenador y, aunque el mediocampista la rompiera, se le acercaba y le decía: “No te saco porque no tengo otro”. Cambió la manera de entrenarse en Uruguay: ya en su época, incorporó la pelota a todos los estamentos del juego. Jorge Kistenmacher, el preparador físico, le daba ternura a la rigidez de la cabeza de grupo y ponía música para que el calentamiento fuera más entretenido. Los dos cuidaban mucho a Fernando Morena, que había dejado el Real Madrid para llegar al manya, en una operación mítica porque se vendieron hasta rifas para poder pagarle el salario. En esa manera de conducir hay que buscar las raíces de este director técnico que este año ya reflexionó sobre la manera en que había que tratar a Cristian Rodríguez: “Es el referente mas allá de que alguno pueda pensar lo contrario, el capitán carga con mucho mas cosas que lo que la gente cree, por más que sea el Cebolla es una persona como cualquier otra”.

A Saralegui el fútbol le corre por los poros. De niño, acompañaba a su papá a la cabina de transmisión donde relataba el partido. Como no llegaba a ver, se subía a un banquito, asesorando al que leía los comerciales. Pero nunca abandonó el deseo de su madre. Apenas debutó en Primera, en Montevideo, se anotó en la facultad de psicología. La decisión del cuerpo técnico era: los casados concentraban un solo día y los solteros, doble. Tenía un práctico los viernes y tuvo que dejar. Retomó en 2001, cuando ya había abandonado su rol como futbolista. Quería sumar recursos a una carrera de aplausos: finalista de la Libertadores con Peñarol en 1982 y en 1983; campeón con River en 1986; subcampeón en 1990, jugando para Barcelona de Guayaquil.

Su carrera como entrenador comenzó en inferiores. Estuvo un tiempo en su Artigas y allí hasta le ofrecieron ser intendente. Hasta que en 2006 llegó a la Primera de Peñarol. Fue su primera vez. La segunda fue en 2008. En esos trayectos, intentó infundir el valor de la identidad. Acercó a los grandes campeones de la década del 60. Incluso Pablo Forlán, padre de su predecesor en el cargo. Esa mezcla entre el valor de la experiencia y el conocimiento de la psquis es fundamental en su manera de conducir: de hecho, en El Nacional de Ecuador relataba casi todas las semanas en el vestuario anécdotas suyas para rememorar épicas. Eso motivaba al plantel.

Saralegui ha recorrido todas las épocas del fútbol moderno. Desde los entrenadores que cambiaron el escenario hasta las enseñanzas sin fundamentos de los potreros. Salió campeón como jugador en la Libertadores con una alineación 4-2-3-1, no muy típica para la época, pero sí famosa ahora. Jugaba de mediocampista de área a área, clásico del hoy. Pero no respira la soberbia del nómade del tiempo. En 2020, va por su tercera etapa en el banco de Peñarol, con el corazón envuelto en ese leitmotiv que lo llevó en 1977 a Montevideo: la mezcla de deseo y de realidad.     

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