Juan Antonio Pizzi, el hombre que al salir campeón se acordó de las finales que había perdido

Compañero de Guardiola en el curso de técnico. Campeón continental con Chile. Fue dirigido por Robbson y Van Gaal. Vuelve a San Lorenzo convencido de ser mejor que lo que fue.

Había 115 mil personas esperando por venganza. Cuando a comienzos de temporada el sorteo había marcado que, otra vez, la última fecha sería contra Real Madrid, nadie podía creerlo. El Dream Team de Johan Cruyff había ganado una liga porque ellos se la habían quitado. La historia se repetía. De visitantes, en el inmenso Santiago Bernabéu. Jorge Valdano era el entrenador de aquel Tenerife aguafiestas. Antes de salir a la cancha, en un pizarrón, escribió: “Este partido es un polvazo”. Juan Antonio Pizzi, delantero de aquel mítico equipo que amargó dos veces a la Casa Blanca, todavía la recuerda como la mejor charla que le vio dar a un entrenador.

“El músculo clave de un futbolista es la cabeza”, analiza Pizzi, que nació con el gen de goleador, una característica que moldea cualquier personalidad. Su papá fue médico y él hizo hasta el primer año de la carrera. “En la medicina, el que transmite las soluciones tiene que estar convencido de que te puede ayudar”, piensa, ahora, tiempo después, cuando ya no está en las inferiores de Rosario Central, cuando ya dio la vuelta al mundo como entrenador al punto de dirigir a Arabia Saudita en el Mundial de Rusia, cuando regresó al primer club que repetirá en su carrera como técnico. Tras Colón, Universidad de San Martín, Santiago Morning, Católica, Central, San Lorenzo, Valencia, León, Chile, Arabia Saudita regresa a Boedo. El club con el que salió campeón en 2013, en el último segundo de un torneo, cuando el mediocampista Agustín Allione -en ese momento en Vélez, ahora en Rosario Central- pateó con el alma y Sebastián Torrico -hoy suplente en San Lorenzo- se estiró míticamente para meter un tapadón, darle el título al Ciclón y clasificarlo a la Copa Libertadores que luego el club argentino ganaría con Edgardo Bauza como entrenador.

A Pizzi le sobran las credenciales. No sólo porque realizó el curso de entrenador con Pep Guardiola. Si no porque compartió vestuario con técnicos como Bobby Robson, Mourinho -ayudante de Robson-, Guus Hiddink, Louis Van Gaal y Jupp Heynckes. O porque fue compañero de Ronaldo, Luis Enrique, Redondo, Stoichkov o Laurent Blanc. Y, aún así, se anuncia entrenador de San Lorenzo aclarando: “Me considero mejor que hace seis o siete años, pero con la misma ambición y la misma ilusión de que mis equipos tengan buenos rendimientos y buenos resultados”.

La ambición se trabaja con el músculo de la cabeza. Pizzi es incansable. Su carrera como futbolista podría haber caducado el día en que chocó con Roberto Bonano en una práctica en Rosario Central y terminó perdiendo un riñón. El primer médico que lo vio le dijo que se buscara otro deporte. Aguantó. Porque con constancia hay que seguir buscando.

A Pizzi le gusta la prolijidad. Cuenta que en una de las primeras prácticas en San Lorenzo vio que un grupo de futbolistas se entrenaba en cuero, otros en campera y algunos en pechera. No le gustó el desorden y pidió que mantuviera una normativa. Hay que ser y parecer. Y, probablemente, algo de eso aprendió la tarde en que, jugando contra Sevilla, lo pusieron y lo sacaron del césped con 14 minutos de diferencia. Al salir, pateó una botellita. Mourinho, ayudante de Robbson, fue a retarlo. Hoy, admite que fue un error lo que hizo. 

Cree en el convencimiento y en la cabeza, aunque trabaje sin psicólogo en el plantel. En su etapa anterior en San Lorenzo, llamó a Julio Buffarini para hablar y le indicó que jugaría de lateral por derecha. El cordobés se negó y planteó que prefería ser suplente. El técnico quiso convencerlo, explicándole que en la defensa se destacaría y otros equipos pondrían los ojos en él. Tras ganar la Libertadores, emigró a San Pablo, para terminar jugando en Boca. Buffarini, un futbolista surgido de las segundas categorías argentinas, puede ostentar que disputó dos finales del máximo torneo continental en la posición en que Pizzi lo puso.

Juanchi, como lo conocen en Santa Fe, recorrió el mundo, pero dice que Argentina es su lugar. Nació en suelo celeste y blanco, pero se nacionalizó y jugó el Mundial de Francia 98 para la Selección de España. Le ganó a su país la Copa América 2016, en Estados Unidos, por penales. Disputó un Mundial y la Copa Asia con Arabia Saudita. La vuelta a San Lorenzo la pide su corazón. Arranca nuevamente el sueño, con un plantel que se va armando a su medida. Ya tiene cuatro caras nuevas: Bruno y Mauro Pittón, Santiago Vergini, Ezequiel Cerutti y Lucas Menossi. 

“Falta todavía tiempo, pero todo se pasa muy rápido”, aclara, por estos días, cuando le preguntan por el cruce de octavos de final contra Cerro Porteño. No será fácil rearmarse. Pero el músculo es la cabeza y el convencimiento sobra. De eso habló, entre lágrimas, en Nueva Jersey, tras ganar la Copa América con Chile: “Todas las cosas que he conseguido en mi vida me han costado un enorme sacrificio. He tenido y seguiré teniendo muchas más desilusiones que alegrías. Por eso, recién en el vestuario pensaba en las finales que perdí en Central, en León, en Valencia”.

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