Paolo Guerrero está de vuelta en la ciudad de sus amores

El delantero jugará contra Alianza Lima para Inter por la CONMEBOL libertadores. Se entrenó en el predio de la Selección de Perú. Lima está movilizada por la vuelta de su crack.

Paolo Guerrero tiene los brazos marcados con tinta, los costados de la cabeza rapados, la boca subrayada por un bigote con aires serios, la espalda trabada como si fuera un ropero y 185 centímetros de largo que lo hacen parecer gigante, pero cuando le hablan de Alianza Lima sonríe como niño y dice, tiernamente, que es el club de sus amores.

No es Guerrero: acá, en Lima, hasta los que no lo conocen, le dicen Paolo. 

Invocan su nombre como si fuera un vecino. Como un hermano mayor que dejó Chorrillos, su barrio, para buscar la vida. Tiene 35 años -los cumplió el 1 de enero-, acaba de volver de una sanción por dóping, le dijo a Ricardo Gareca que se siente perfecto para jugar la Copa América, ya lleva dos goles en la CONMEBOL Libertadores y asegura que volverá a jugar en Alianza. Le quedan carrera y gritos: aún así, se habla de él como si fuera un mito.

Paolo es el muchacho que esta vez llegó al Aeropuerto José Chávez vestido con la ropa de un equipo de otro país, pero es también cada uno de los centenares que día a día deambulan por las calles con la 9 de la Selección en su espalda. Es el futbolista que, como Lionel Messi, nunca jugó un partido oficial en un equipo de su tierra natal y, sin embargo, está dibujado en Las Caras de Atahualpa, una galería de arte al aire libre, como el Muro de Berlín pero en El Callao, dedicado inicialmente a las grandes personalidades de la salsa, pero que ahora incorporó deportistas.

Inter está en la capital de Perú para jugar contra Alianza (este miércoles a las 19.30, hora peruana, por el Grupo A de la CONMEBOL Libertadores). El último entrenamiento antes del partido lo hace en la Videna, el predio de todas las Selecciones. Los trabajadores del lugar se acercan a saludarlo. Los niños de la Sub-15, que se entrenan en la canchita de al lado, se distraen para mirar por las rejas a ver si está. Los que arreglan otra parte del centro deportivo se olvidan del calor y la tierra que se les pega en el sudor para sacar sus celulares y filmarlo cuando entra con el micro. Los nenitos van a la puerta del Hilton de Miraflores para rezar que aparezca y sacarse una foto. Las tapas de los diarios se olvidan un rato de la política y titulan: “El primer amor nunca se olvida”. 

Paolo Guerrero Alianza Lima Inter

Lima, una ciudad que tiene como atractivos turísticos El puente de los suspiros -donde los enamorados van a besarse y a dejar candados colgados en rejas jurando amor eterno- y la escultura El beso de Víctor Delfín desborda de romance por la llegada de su mesías: es decir, el hombre que, en final de las Eliminatorias del Mundial 2018, pateó un tiro libre indirecto contra Colombia, el arquero David Ospina rozó la pelota con la mano y Perú volvió a una Copa del Mundo tras 36 años. El máximo goleador de la Selección. El hombre que, según el famoso cevichero Augusto Sánchez, no sólo cambió la historia de la pelota, sino al peruano: “Él es el caso del que la peleó y lo logró”. 

La última vez que Paolo pisó la ciudad fue en marzo, cuando abandonó el entrenamiento de Inter al enterarse que su sobrino, el hijo del ex futbolista Coyote Rivera, había fallecido tras un robo. Llegó con unas flores, con el cuerpo entristecido. Su mamá, Doña Peta, una de las personalidades más famosas de Perú, dejó su casa del barrio de Chorrillos y se fue a Porto Alegre a compartir tiempo con su hijo para olvidarse de las lágrimas. La noticia conmovió a todo el pueblo. Porque de eso se tratan los ídolos: son símbolos que sienten como propios.

A Paolo le preguntan si va a gritar el gol y dice que no. Le vuelven a preguntar lo mismo y vuelve a aclarar que no. Desnuda sus emociones y explica que es muy difícil jugar sin olvidarse de que él es hincha del rival que tiene enfrente. Y ahí, recién ahí, logra salir de sus emociones por un rato, recuerda que cuando era chico le decían El Depredador, que en los torneos del barrio de Barranco se la aguantaba contra jugadores dos años mayores, y vuelve a ponerse su traje de hombre tatuado y espalda filosa, y explica la violenta razón de tanto amor: “Aquí me quieren porque saben que mato por la camiseta de la Selección. Dar la vida en el campo es mi manera de devolver el cariño”.

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