Nahitan Nández: el hombre azul y oro

El partido de octavos de final contra Paranaense fue su último partido. La historia de su capítulo final.

El cuerpo no le da más. Camina con el pecho hacia adelante, arrastrando una de las piernas, mira al banco de suplentes y pide el cambio. Alfaro va a llamar a Salvio, pero le hace señas desde adentro de que aguanta un poco más. Mira a la tribuna, como queriendo afanarle a la vida un instante más de esa inmensidad que corea su nombre. Hasta que el cuarto árbitro levanta el cartel, aparece el número 15, la Bombonera ruge el uruguayo uruguayo, Zárate lo abraza y le da un beso, Capaldo lo aplaude, el entrenador lo recibe y lo palmea y todos sus compañeros suplentes abandonan la entrada en calor para despedirlo. Nahitán Nández se va de Boca como un ídolo.

Su cuerpo es el Woody de Toy Story: choca, sus partes se desarman y vuelve a ponerse de pie, como si nada. Su intensidad es plena: es capaz de pedir un pase en profundidad, volver para atrás en la ansiedad, que se la tiren y picar, chocar contra el marcador, conseguir una falta o un lateral o un centro, quejarse con Zárate por algo, gritarle al árbitro y, a la vez, aplaudir al joven Weigandt. Nández está en todo a la vez.

Es el segundo en la fila para entrar. Minutos antes, cuando la voz del estadio leyó la formación, el estadio se vino abajo al escuchar sus sílabas. Sus primeros pasos sobre el césped son llegar al círculo central y que la cancha se venga abajo coreándolo. Su primera participación es una amarilla. Su segunda es un choque. A los 16 minutos, Wanchope lo deja solo, sin arquero, contra un defensor, patea al bulto y la bola rebota sobre la rodilla del rival. A los 17, recibe el rechazo de un córner. Se anima a todo: tanto que, cuando Boca tiene un lateral, los delanteros se acercan a pedirla y él va a chocar al centro del área contra los gigantes de Paranaense. No le importa. 

Apenas tiene 66 partidos y 6 goles, pero la Boca mata por él. La nostalgia es porque se va en el momento en que Alfaro tomó como propia la decisión del Maestro Tabárez en la Copa América de ponerlo por derecha y todo le va bien. Pero hay algo en él que le excede al fútbol. Es un imán que se produce apenas él deambula por la cancha, con su típico gesto de mover los codos como un paso de baile de lado a lado, como un perro que de tanta energía que tiene empieza a correr su propia cola. Corre como si pudiera hacerlo en cualquier posición: fue lateral, fue volante por derecha, fue extremo, fue doble cinco, fue volante central, cerró en su propio arco y llegó al rival. Cualquiera que pisó la Bombonera guardará para sus oídos la melodía del bieeen cuando un futbolista propio va al piso a riesgo de fracturarse la tibia y el peroné. No hay un sólo día, desde el 23 de agosto de 2017, en que Nández haya dejado de personificar ese deseo. Eso es ser azul y oro.

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