Martínez Quarta y el Ave Fénix que comparte con su docente

El defensor resurgió de una rotura de peroné y de dóping. Desde Mar del Plata, llegó como volante central y se volvió defensor en River. Cómo se volvió un jugador clave.

- ¿Vos tenés ganas de ver a tu familia?

- Sí, yo soy de acá de Mar del Plata.

- ¿Hace cuánto tiempo no los ves?

- Más de un mes.

- Bueno, yo soy muy estricto con esto. A las 7, desayunamos. A las 6, tenés que estar acá.

Apareció en el hotel de Punta Mogotes a las 5.30. Daniel Messina, su entrenador de la sexta división, aprovechó la situación para ver cuál era el grado de responsabilidad del chico que se había sumado. Unos meses antes, Lucas Martínez Quarta había viajado a Buenos Aires a presentarse en una práctica de Vélez. Cuando se enteró que en su club, Kimberley, habría un prueba para jugar en River, pegó la vuelta a Mar del Plata. Quedó. Volvió a Buenos Aires, se entrenó, se sumó a un grupo, viajó 1800 kilómetros y terminó en Esquel, haciendo una pretemporada. Tenía 16 años y, por primera vez en su vida, no compartía el cuarto con su hermano.

Nació porteño, pero a su papá le ofrecieron un puesto en el Banco Francés en Mar del Plata. Llegaron a la escena típica del barrio: la casa en diagonal tenía al club General Urquiza. Los fines de semana todo era en las canchitas. Él se destacaba. Hasta en el jardín de infantes, un profesor se acercó a hablar con su mamá y le dijo que su hijo jugaba realmente bien. De a ahí a Argentinos del Sud y a Kimberley. La vida hecha pelota.

Miraban a los jugadores y le copiaban las patadas. Una vez, a Lucas se le fue la mano y le dejó un recuerdo a su hermano: le rompió un diente. Los ídolos los cambiaba de la misma manera en que mutaba de posición. Porque fue delantero, mediocampista, defensor. Como volante central, se presentó en River y así quedó. Compartía categoría con Sebastián Driussi, con Emanuel Mammana y con Augusto Batalla. Todos de Selección. Hasta que en una de las primeras prácticas, Messina se acercó al preparador físico y le tiró una idea: “Mirá, sin ningún temor a equivocarme, creo que este chico puede ser un gran defensor central”. Cambió. Hasta hoy.

Así justifica su decisión: “Tenía un muy buen cabezazo ofensivo y defensivo. No es fácil encontrar jugadores que tengan los dos. También cerraba muy bien. Técnicamente, jugaba bien, porque tenía incorporado el panorama de haber estado parado más adelante. Ser central lo ayudaba a no desordenarse”.

Fue goleador desde siempre. Una planilla marplatense tiene anotados 126 gritos suyos en un torneo de futsal. La primera temporada, jugando para la sexta de River, hizo siete goles. Tras sus dos amistosos en la Selección, contra Chile y México, del cuerpo técnico de Argentina quedaron fascinados con su capacidad para salir jugando desde abajo. Su técnica de conducción como central tocó un techo artístico en el último Superclásico por la Superliga en el que, en dos ocasiones, se gambeteó, sin nadie en su espalda, a Jan Hurtado, que lo presionaba desesperado. Martínez Quarta se afianzó en un puesto en un club que en los últimos diez años sacó desde juveniles a Ramiro Funes Mori, Germán Pezzella, Eder Álvarez Balanta y Emanuel Mammana: todos vendidos al exterior y convocados en sus países.

Martínez Quarta apareció en el fútbol profesional a los 16 años. Llegó en 2013. Algo grande para el profesionalismo de hoy. Como si la suerte le hubiera regalado la chance de ir lento y alejarse tarde de la casa de sus padres. Llegó a River y se fue a vivir a la pensión. Terminó el secundario en el instituto del club. Jugó con las inferiores en Europa y en Latinoamérica. Al tiempo, estaba en la Reserva. Y, de repente, la vida se aceleró. A mediados de 2016, en una pretemporada en San Juan, ya con 17 años, su novia lo llamó, mientras él estaba concentrando, y le mandó una foto de un test de embarazo. Positivo. Se lo contó a Nahuel Gallardo, su compañero de cuarto, que se quedó mirando el techo durante 20 minutos después de recibir la movilizante noticia. La noticia le revolucionaba la cabeza a todos. Ahora su niño es una revelación en las redes sociales.

No pasó mucho tiempo hasta que Marcelo Gallardo le pidió al Luigi Villalba, entrenador de la Reserva, que le avisara a Martínez Quarta que se sumara a entrenarse con la Primera. Es vox populi en River que pegó un salto al revés del imaginado: la responsabilidad lo volvió mejor. Pero la vida le dio golpes: en octubre de 2015, estaba ya muy cerca de debutar, se tiró a barrer una pelota en el predio de River en Ezeiza y se rompió la tibia y el peroné. La recuperación le agarró mientras se enteraba de su paternidad. Puso toda su responsabilidad. En noviembre de 2015, primero en un amistoso y luego oficialmente, debutó en Primera. Lo había avisado años atrás su entrenador de juveniles y se dio: cabezazo y gol, en ese primer día en el profesionalismo.

Jonatan Maidana llegó a River en la temporada 2010-2011. Jugó con esa camiseta en el Nacional B, ascendió, salió campeón de la A, ganó una Sudamericana y dos Libertadores. Nació en 1984, once años antes que Martínez Quarta. “Para mí, Joni y Pinola son dos docentes”, dice, ahora, el central de Selección. Cuando el Chino, como le dicen hasta en su familia, apenas soñaba con ser futbolista y era un púber marplatense, se acercó a una pretemporada de los Millonarios. Los jugadores salieron a saludar a la gente y él le pidió una foto a Maidana. Ni en los sueños imaginó que sería, alguna vez, su compañero de defensa. Mucho menos que, en su momento más difícil, sería su sostén.

“Busqué miles de explicaciones y no las encontré porque fuera del club no tomamos nada, sólo lo que nos dio el médico. Cada vez que tenemos que tomar algo, se lo consultamos a él. Somos 100 por ciento transparentes”. En 2017, Camilo Mayada y él dieron dóping positivo y tuvieron una sanción de siete meses sin jugar. Pasó de ser titular junto a Maidana a quedar afuera. River contrató a Javier Pinola y a Martínez Quarta le costó mucho recuperar su puesto.

Según la tradición cristiana, el ave fénix es el tercer protagonista de la historia de Adán y Eva. Para los griegos, se trataba de un animal que sólo existía en Egipto. Los chinos hablan de una creación del mundo a través de aves y de dragones. El mito llega hasta Harry Potter, la novela de J.K Rowling. El significado siempre tiene que ver prenderse fuego y renacer de las cenizas. Martínez Quarta se lo tatuó en el cuádriceps derecho. Fue una manera de reafirmarse en la piel el deseo de impulso.

“Lo del dóping lo volvió más fuerte. Lo hizo madurar, lo superó muy bien”, confiesa Gonzalo, su hermano. El sello fue la ida, en La Bombonera, por la Copa Libertadores, cuando Gallardo sorprendió a Guillermo Barros Schelotto poniéndole un 5-3-2, con Martínez Quarta de central por derecha. Contuvo brillantemente a Cristian Pavón, hasta que se lesionó. Su solidez le permitió a River usar a los carrileros para copar la mitad de cancha. Cuando el reloj del partido marcó el minuto 5.51, el Pity Martínez tiró un córner, Maidana y Pratto hicieron una cortina para llevarse la marca, Carlos Izquierdoz no cumplió prudentemente la función jugador libre en pelota parada y Martínez Quarta entró solo, cabeceó y la pelota se fue al costado de Agustín Rossi. Todavía lamenta que no entró. Pero igual festejó tanto la final en Madrid que le puso Bernabéu a su perro.

Maidana emigró al Toluca de México, River contrató a Robert Rojas y a Paulo Díaz, Pinola siguió en el equipo, pero el único indiscutido entre los centrales se volvió Martínez Quarta. Su nivel lo llevó a la Selección. Los grandes de Europa pusieron los ojos en él. Su entorno y hasta el entrenador de la Selección hablan de su madurez. A los 23 años, el futuro ya le llegó.

El heredero está listo para ocupar su puesto en una nueva Libertadores. “Maidana es el alma del equipo”, dijo, alguna vez, Gallardo. Martínez Quarta es el sucesor de su ídolo. Va con las mismas convicciones y los mismos dioses: su docente, también, tiene tatuado al ave fénix, pero en el hombro derecho. El defensor de Toluca quedó en la historia para siempre. Quizás, no haya dos sin tres: el Chino también sueña con volverse mito.

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