Los ídolos y el desamor

Una relación unilateral que se construye de a poco y se rompe de un día para el otro.

El hincha de fútbol es un cóctel de definiciones: identificación, fanatismo, idolatrías, irracionalidad, pasión y sentimientos, que conviven permanentemente con alegrías, tristezas o la dura intrascendencia. Se compone, principalmente, por la relación que cada fanático construye con su club, que, a su vez, constituye diferentes actores identificatorios: jugadores de fútbol, entrenadores, dirigentes o simplemente conceptos más abstractos como el barrio, los propios hinchas, los colores, la camiseta y la razón que se deja llevar en medio de la masa.

Entre los actores protagonistas están los jugadores, quienes con su talento alimentan las emociones de los hinchas. O no tanto. Siempre en comparación al resto. Ellos son los responsables de las alegrías y, lamentablemente, las caras de las tristezas.

Desde la psicología explican al ídolo como una idealización del yo: este ideal está basado en valores y aspiraciones. Llevado al terreno del fútbol, el hincha ve en el ídolo lo que quiere llegar a ser. O ve en él, que a través de sus virtudes, su club, su núcleo de identificación, puede llegar a ser lo que el hincha pretende. El ídolo tiene determinadas características. Cumple con las pretensiones del hincha, tiene destrezas o carisma. O un conjunto de ambas. De alguna u otra manera tiene que convencer a quien idolatra. Y surge de la necesidad que tienen determinados grupos de diferenciarse para el posterior proceso de identificación.

Allí comienza una fascinación amorosa y entra en juego la idealización del yo. Un pequeño detalle más que hace de esto una relación muy peculiar entre el ídolo y el hincha: esta relación de amor o de fascinación es unilateral. Es una relación en la que el ídolo, prácticamente, impone condiciones. Quien idolatra cree conocer al personaje y amarlo por determinadas cuestiones. El ídolo, en sí, puede no conocer a quien lo idolatra.

La Copa Libertadores es una gran fábrica de ídolos. Los jugadores que triunfaron en ella se adueñaron de la gloria eterna por haber llevado a los colores que el hincha ama a lo más alto. Pero no sólo por eso. Ya se sabe que el fútbol va mucho más allá. El ídolo construido en el fútbol y en la Copa Libertadores es el responsable de las alegrías personales. Es aquel del que se guardan los mejores recuerdos, quien hizo los goles más importantes, quien participó de algún hito. Y que esos hitos generaron más cosas: alegrías, emoción, abrazos con seres queridos de manera racional y no ideal, festejos, momentos inolvidables. Porque eso genera la Libertadores, a través de quienes triunfan en ella.

En tiempos en los que el fútbol y los jugadores no tienen una identidad firme, el ídolo es aquel que logra colmar las expectativas de identificación. Genera un escudo defensor en el hincha. 

Pero como todo amor, puede haber un desamor. La relación unilateral genera que la ruptura pueda ser trágica. El hincha queda desprotegido de la noche a la mañana. El escudo se cae y queda totalmente expuesto a tristezas irracionales. Cuando el ídolo decide irse del club, retirarse o lo que fuera, es como una ruptura amorosa. Dejan un vacío que es directamente proporcional a todo lo que llenaron a los hinchas previamente.

Se van jugadores, vendrán otros. Se van ídolos, vendrán otros. Pero las rupturas duelen de manera proporcional a la felicidad de los buenos momentos de los que los ídolos son responsables.

Hoy Darío Benedetto se despide de Boca, en donde hizo cinco goles entre semifinales y final de la Libertadores 2018, una marca increíble, aunque no coronó con el título. El Pipa se va como ídolo. Deja al club en un momento inoportuno y la sensación del hincha es de esa ruptura amorosa. Ese vacío gigante. 

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