La pasión regresa a su casa: reapareció el fútbol en Avellaneda

Nacional venció a Racing por 1-0. La vuelta fue silenciosa, Los equipos recuperan poco a poco su ritmo.

Sobre la avenida Alsina, un vecino abre la puerta de su chalet, husmea para los costados y le pregunta a un pibe que pasa: “¿Hay partido hoy?”. No hay ruido: ni de aliento, ni de sirenas, ni de vendedor de pilusos, ni de ilusión. Unos murales de Juan Domingo Perón, de Evita y de Néstor Kirchner miran a la gente que no pasa. El lema del puesto de choris que suele estar repleto reza: “El que no conoce a dios le reza a cualquier santo”. El Cilindro está tan limpio que parece un aeropuero. Desde el mástil, que está a 75 pasos del piso, si se estira el cuello, se pueden ver los estadios de Racing, de Independiente y de Boca. Eso es prueba suficiente de que esto no es el Eternauta. Es la Libertadores.

Todo está raro. Beccacece lo advirtió hace unos días: "Hay que convivir con la certeza de la ilusión y la incertidumbre de la realidad". Hay falsos audios de canciones de Racing grabadas en otras vidas. En la platea, hay una estatua de Gardel y un mosaico del Padre Mujica. Quizás, sean ellos los que cantan. Hay alcoholes en gel, hay medidores de fiebre, hay policías, hay un solazo y hay 267 individuos que se acercaron a un estadio a ocupar la inocultable la soledad. Tanto hace falta el aliento que, cuando están terminando la entrada en calor, Nery Domínguez y Lisandro López empiezan a aplaudir a sus compañeros. Si no hay amor, que haya algo entonces.

Suena una música de cumpleaños de quince, salen los equipos a la cancha y faltan las lágrimas. En las afueras, hay fuegos artificiales que nadie tiene idea de dónde salen. Racing y Nacional aparecen para ponerle onda a la fiesta. Los uruguayos y los argentinos tienen tantos problemas con eso de ganar y de perder que son capaces de lo casi imposible. Tras una larga inactividad, con pases largos que evidencian un margen de error de entre cinco y diez metros, construyen un partido a fuerza de pasiones. Chocan, pelean, se tiran gambetas, protestan y se persignan.

Gonzalo Bergessio, que alguna vez vio al Cilindro explotando, factura un penal que deviene de un error. Las imprecisiones muchas veces se perdonan con la misma moneda. Hay patadas que nadie deseó y hay gambetas que florecen en el azar. Lisandro López, cuando el argentino de Nacional va a patear el penal, intensifica su calentamiento, sin querer ver lo que pasa. Los futbolistas se la pasan tocándose los músculos saturados.

Nada es exactamente lo mismo, pero tampoco resulta diferente. Es un primer paso y hay que acostumbrarse a andar. Racing se parece al Racing que fue y Nacional exhibe sus credenciales de eterna filosofía guerrera. Es injusto sentenciar que esto es la nueva normalidad porque recién está empezando. Dice el tango que nunca se fue de su barrio si siempre está llegando. Hay poco más rioplatense que el fútbol.

Sí, señor, aunque no lo crea: hay partido.

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