La P del Pity: la historia del mejor de la Copa

Martínez se despedirá de su gente en el Mundial de Clubes. La historia de un crack que se fue ganando el corazón de los riverplatenses.

Cuando alguien le grita Gonzalo, él no se da vuelta. 

Ser un apodo siempre es una manera de transformar lo dado. Mucho más en su caso, que festeja estirándose la remera, como si fuera la capa de un superhéroe. Cinco años tenía cuando su oído empezó a sentirse aludido con ese sonido. Pity. Es Pity, aunque su propia madre -creadora del apodo y del crack- ni recuerda por qué le empezó a decir así. A ella, le debe sus primeros botines. Le grita “te amo” cuando mira a la cámara sobre el césped del Bernabéu, después de tener colgada la medalla. El amor también es una marca eterna. Es que los días en Guaymallén, Mendoza, con siete hermanos, necesitan de una madre superpoderosa. De eso, papá Luis, albañil, y mamá Liliana, ama de casa, saben un montón. Eso enseñaron y él corre hacia la eternidad, con las agujas marcando 121.17, con el tercer gol en las entrañas, dibujando una P con la mano: para Pilar, su hija.

Anda con su celular por el vestuario de la Casa Blanca. Abraza a sus compañeros, al ritmo de un live de redes sociales, regalando fama para todos lados. Lucas Pratto entona el cantito del Pity que loco que está. Apenas llegó desde San Pablo, en los primeros entrenamientos, el delantero dijo que Martínez era el futbolista que más le había llamado la atención. El enganche, luego, se acercó al periodista para preguntarle si verdaderamente el Oso había dicho eso. La historia ya había arrancado. El primer rato fue de gloria: el enganche que había llegado de Huracán tiró una habilitación para Carlos Sánchez y River ganó la Recopa 2015. De esos primeros toques que parecen tener la felicidad asegurada. No fue así. Al menos, en un comienzo. Hasta terminó gritándole a la hinchada millonaria un gol en la cara. Costó, pero rápido despegó. Asumió la vida en un gigante, que le había dado la número 10 de movida: es que el histórico Pablo Aimar quedó fuera de la lista de buena fe para la Copa Libertadores y le cayó a él.

La historia de River está plagada de grandes enganches: el Beto Alonso es el estandarte. Andrés D’Alessandro era su ídolo, de chico. Pudo decírselo cuando compartieron plantel en 2016. Le contó que usaba la misma zurda para tirar la boba, gambeta característica del pelado, en los torneos de El Sauce, una localidad mandolina de 15 kilómetros cuadrados. Aunque el fútbol moderno lo haya desplazado hacia los costados, la vida de Pity estuvo cargada del desparpajo que tienen los enganches argentinos: de hecho, en Las Heras, otra localidad, encaró a Goyo Martínez, el hombre que descubrió a Diego Maradona, y le pidió que lo llevara a Buenos Aires. Cinco minutos después, ya el ojo maestro estaba convencido de que ahí había un crack.

Sus compañeros siempre le reconocieron que pide todas las pelotas y jamás se esconde. Se lo dijeron en un ejercicio grupal que organizó el cuerpo técnico. Michael Jordan supo explicar que él perdió más partidos de los que ganó, pero aún así siempre quería tenerla en sus manos en los momentos definitivos. Pity es capaz de tenerla bajo la axila, como en la semifinal contra Gremio, durante diez minutos. Toda historia de superhéroes tiene capítulos. La primera gran luz arranca a los 79 minutos con 10 segundos del 7 de mayo de 2015: encara, la pelota queda en el aire, la baja y Leandro Marín le hace penal. Carlos Sánchez, desde los doce pasos, selló el único grito de aquel octavos de final por la CONMEBOL Libertadores.

El día en que se ganó un lugar en la historia fue en La Bombonera, el 14 de mayo del 2017. Antes del partido, le preguntó a Sebastián Driussi si se imaginaba un gol. “Vamos a hacer uno cada uno”, le respondió el ahora delantero del Zenit de Rusia. Escuchó atentamente a Marcelo Gallardo cuando le pidió que le buscara la espalda a Gino Peruzzi, lateral boquense de ese día: “Cuando me venía la pelota ya veía que le iba a sobrar a Peruzzi y lo primero que pensé fue en pegarle de primera. La agarré de lleno y cuando vi que entró me invadió una emoción grande”. 

En Mendoza, por la Supercopa argentina, dio el paso inicial para una batacazo de River. El equipo de Gallardo no llevaba sus mejores días y tenía que cruzarse con Boca. Franco Armani tendría una de sus mejores actuaciones. Otra vez, para abrir el partido, Edwin Cardona hizo una falta dentro del área y Pity se hizo cargo, desde los doce pasos, para comenzar con la victoria en la segunda final Superclásica de la historia.

Emmanuel Mas intenta rechazar, Exequiel Palacios lo bloqueó y el rebote, a los 14.10, cayó sobre la zurda de Martínez que la clavó, otra vez, casi un calco, sobre el arco de Agustín Rossi. River hacía un primer tiempo impresionante y, al día siguiente, aparecía el himno de Pity, que se viralizaba por cada garganta riverplatense.

No hizo goles, pero en la ida de la CONMEBOL Libertadores marcó diferencia. En el primer tiempo, un tiro libre hizo lucir a Rossi. Tras el gol de Wanchope Ábila, pidió la pelota dentro del círculo central, caminó unos pasos y tiró un pase milimétrico de Pratto. Empató el partido. Y tiró el centro que golpeó en la cabeza de Carlos Izquierdoz y, vía gol en contra, le dio el 2-2 parcial.

El último capítulo es único. Sus lágrimas en los ojos lo marcan. No había encontrado el partido con facilidad: el gran partido de Julio Buffarini lo había complicado. Dice el refrán que la pelota siempre va a los buenos. Podría Gonzalo, el Pity o Martínez, como quieran, refundar esas letras: la historia siempre se le acerca a los ídolos. O a los seres capaz de volverse un apodo. Armani rechazó un centro, Quintero tiró un pase hacia adelante, el 10 la empujó para adelante, avanzó desde mitad de cancha y ya en el área la empujó, para cerrar los ojos y hacer la P: de Pity y de Pilar.

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