Juanfer Quintero, el dilema de los genios que no encajan

El camino del 10 . Su historia en Colombia. Cómo cambió la alimentación. Cómo se prepara para volver.

Camina por la escalera caracol que lo lleva al palco del estadio de Racing con una sonrisa arrabalera. Entra con un gorrito de invierno echado para atrás y unas gafas tuneadas en violeta. La facha de reggeatonero la afiló desde chico con su amigo Maluma, con quien hizo inferiores en Envigado, cuando todavía no estaban en la alta competencia de la pelota y la música. “Soy melómano”, se define, para dar a conocer su Clark Kent artístico donde escribe canciones. Hace un tiempo, empezó a leer, analizó la época, se cuestionó algunos hábitos y se volvió vegano. Está más flaco, pero conserva las caderas anchas. Un rato después, su equipo, al que mira hace meses como si no fuera suyo, golea 6-1. Es recién agosto y en ese momento no estaba en los planes una nueva semifinal contra Boca, pero no sorprende. “Vamos por más”, dijo Marcelo Gallardo, tras ganar en Madrid, tras tener en las vitrinas una Sudamericana y dos Libertadores. La sed es lo que vuelve distinto a este River que no cambia el éxito por la permanencia y sigue compitiendo. Juan Fernando Quintero es, entonces, la redundancia filosófica: el distinto, dentro del equipo distinto.

Fue en marzo de 2017. A River le tocó Independiente Medellín, en el grupo C de la Libertadores. En Colombia, Quintero metió el gol del 1-3. En la vuelta, se acercó al banco de suplentes para darle la mano a Gallardo. “Calidad le sobra, es clave que pueda adaparse rápido”, detalló el entrenador, apenas lo contrataron. El campeonato en su país había terminado en noviembre. La pretemporada arrancaba con todo llegando a febrero. Hacía tres meses que no jugaba. Tuvo que salir a aclarar: “No soy gordo, soy nalgón”. Si a Nacho Fernández le había costado imponerse en el profesionalismo, en Gimnasia de la Plata, por ser flaco, él podía dar testimonio de lo opuesto tras su paso en Europa: menos de un metro setenta y ancho, fue muy difícil adaptarse al Pescara, al Porto o al Stade Rennais.

José Pekerman se acercó a hablarles. “Estoy pensando realmente en ponerlos juntos porque no es fácil tener tantas responsabilidades en el campo”, les dijo, preocupado, a James Rodríguez y a él. Delante tenían el partido contra Polonia, por la fecha 2 del Mundial de Rusia 2018. Todavía, cada vez que se ven, se ríen con el mediocampista del Real Madrid. “Fue el mejor partido que yo le vi a Colombia”, confiesa Quintero, cuando recuerda aquel 3-0. La fecha anterior, perdieron con Japón, 2-1. Les habían echado a Carlos Sánchez a los 3 minutos. Si el partido fue parejo, fue en parte por una genialidad: tiro libre, esperó, todos saltaron y Juanfer la tiró por debajo de la barrera. “Sos crack, sos crack”, le gritaba Pekerman, desde el banco. Él se reía, casi siempre se está riendo. Otra vez, frente a la duda, se había impuesto.

Quintero responde a la estirpe genética de los antioqueños. Colombia divide sus jugadores en tres zonas geográficas. Los de la costa, típicos centrodelanteros delanteros elegantes, con clase para gambetear, para pisar la pelota, para definir desde cerca, para rematar desde lejos: Falcao, Teófilo Gutiérrez o Carlos Bacca. Los de la zona del Valle, morenos, potentes, olímpicos, grandotes: Yerry Mina, Davison Sánchez o Freddy Rincón. Y están los de Medellín, de Antioquia, habilidosos, elegantes, lentos, habilitadores, pateadores: James, Giovanni Moreno, Juan Pablo Ángel, Víctor Hugo Aristizábal y, claro, Juanfer. Que tiene un récord: es el único jugador colombiano en hacer goles en dos mundiales diferentes (2014 y 2018).

“Ojalá lo pudiera repetir más tiempo. Me gustaría que fuera más influyente, más tiempo”, reflexionó Gallardo, en sus primeros golpes de vista. El caso de Quintero siempre fue especial: ha brillado siendo suplente. La rompió en octavos de final contra Racing, cuando en la ida fue suplente. En cuartos, contra Independiente, era suplente, iba a entrar Bruno Zuculini, Silvio Romero empató y Gallardo lo metió: hizo un golazo. En la final en Madrid, su gran consagración, ingresó por Ponzio, para dar vuelta el resultado.

Hay dos teorías emparentadas para justificar por qué Gallardo lo dispuso tantas veces de suplente: la primera, es que River se organiza desde la presión y, aunque se esfuerce, Quintero no está preparado para cumplir la función; la segunda, es que cuando el rival se cansa, la intensidad es la de Juanfer y su calidad se hace notar. El colombiano asegura que si ídolo fue Rivaldo. Hace unos dos días, Louis Van Gaal relató sus diferencias con el brasileño en Barcelona, cuando quería que presionara de volante izquierdo y el zurdo quería ir de enganche. Todo jugador da y quita.

El día en que le dieron el alta médica, escribió en su Instagram “Resiliencia”: “Capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas”. Volvió a jugar. No fue la primera vez en su vida en que se levantó: en Envigado, en 2010, en un partido contra Deportivo Pasto, le pegaron una patada y le rompieron la tibia. Siempre se levanta. Tras una rotura de ligamento en la rodilla izquierda, en la misma pierna donde se tatuó la Libertadores ganada en 2018, regresó al fútbol contra Almagro, por la Copa Argentina. Reparado, su voz, aunque de personaje de trap, suena más que madura: “Hoy he crecido mucho. Estudio, leo, busco información. Me preocupo más en el tema personal, en el ser humano. Mi profesión va a ir de la mano de mi mentalidad”.

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