Franco Armani eligió su propia suerte y tuvo la gloria

Atajó dos penales. En el primer tiempo, sacó una definición imposible. Con Ponzio y Pinola afuera, terminó siendo el capitán.

A Franco Armani la timba le llueve a su favor, el árbitro le pregunta qué prefiere y elige su destino. Cede arrancar, aunque ningún manual recomiende eso. Va caminando hacia los tres palos del Mineirão donde hace un mes y diez días le atajó un penal a Derlis González, en la Copa América, salvando a Argentina de quedarse afuera en la primera rueda. Leonardo Ponzio y Javier Pinola están fuera de la cancha y le toca portar una cinta de capitán en el brazo que le aprieta. La tira hacia su costado derecho, a metros de donde va a volar para sacarle a David el penal que camina a la gloria. Hace un instante, cuando terminó de dar el discurso de guerra, Marcelo Gallardo se colgó del cuello del arquero, le bajó la cabeza, lo besó y le dijo dale, dale. Los doce pasos son el muelle a la hoguera de los pateadores y el lugar donde los atajadores recuerdan los sueños de niños, en este caso, en Casilda. Se lanza a la izquierda, aprieta el bíceps, mira al banco y grita vamos: qué saben los manuales.

Sus 190 centímetros son más infinitos de lo que parecen por su cuerpo encorvado: el dos veces campeón de la CONMEBOL Libertadores -en 2016 con Atlético Nacional y en 2018 con River- juega en el Mineirão para sostener a sus compañeros. No sólo en los penales: a los 16 minutos, un centro de Cruzeiro cae sobre el área y hay siete compañeros suyos marcando que pierden contra tres del local, una bola queda colgada, baja la cintura hacia la izquierda, Pedro Rocha patea, la toca con el muslo y la suerte la lanza hacia el travesaño y afuera. Desde ahí, empieza a ser figura porque cada pelota zafada en una serie de 0-0 es todo.

Armani quizás no responda a los modelos modernos del arquerismo: no tiene técnica en los pies, no se para adelantado, no sale a buscar centros al punto del penal. Sin embargo, es un muro. Como lo era Ubaldo Fillol, el arquero por el que se encaprichó y logró que su madre, a los 6 años, le comprara su buzo. No es la primera vez que ejerce ese rol en River o en Atlético Nacional. Mezcla de técnica y de cabeza. Porque hasta convenció de niño a su abuelo de que sería un arquerazo. Porque una bruja se lo dijo en Medellín, una vez en que le tiraron las cartas. Porque se dio la vuelta entera al ascenso argentino para brillar. Porque se negó a la Selección de Colombia para poder vestir la camiseta de su país y, así, llegó a un Mundial.

Porque su mente lo es todo y, entonces, cuando el árbitro le pregunta qué quiere, él elige aquel arco, el de su destino, que es el de River.

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