Franco Armani, el pulpo de River que conoce los secretos de la CONMEBOL Libertadores

El arquero de River fue la figura de su equipo en la clasificación a la final

Franco Armani está enojado. Hay un jugador de River que no está cumpliendo bien su rol de marcar la primera zona de la pelota parada en los tiros libres. Es el cuarto centro que le tiran y en todas perdió. Grita y pregunta: “Dale che, ¿qué pasa?”. Pinola se da vuelta y le pregunta qué hacer. En los córners, De la Cruz, Suárez y Borré ganan el espacio en que les toca, pero en las faltas de tres cuartos de cancha lo está padeciendo. No funciona tirar la línea del offside hacia adelante. Tampoco pegarse muy atrás. El área más cercana a la popular norte de La Bombonera es un escenario agotador. Nadie le encuentra una solución, hasta que una pelota queda de carambola, Enzo Pérez intenta rechazar con la zurda y el arquero, hacer honor al apodo de Pulpo que le pusieron sus compañeros, estira un brazo que saca desde vaya uno a saber dónde y la saca por arriba del travesaño. Se levanta, mira a su compañero que casi hace el gol en contra y le toca la cabeza como un padre a un niño. Lo peor ya pasó.

Armani sabe que, cuando Boca presiona, lo hace en un 4-4-2. Tevez asciende a segundo centrodelantero y va contra Martínez Quarta. Wanchope se mide con Pinola. Pero conoce algo más: si amaga con tirar el pelotazo, el equipo avanza y los delanteros rivales retroceden, sus defensores pueden venir a pedirle la pelota y el 10 de Boca no va a llegar a ir y venir. Va y se lo dice al oído a su central derecho, el más joven. Lo hace y funciona a la perfección.

Gallardo le hace señas desde el banco. Le pide que saque fuerte hacia donde está De la Cruz. El uruguayo tiene dos virtudes: si recibe, tiene buen mano a mano; si le llega para cabecear, aunque mida 167 centímetros, es tan explosivo que se eleva con facilidad. Armani patea y la pelota vuela y es probable que regrese rápido porque River, sobre todo, está perdiendo los duelos.

Pero no desespera. Es la tercera final de Libertadores que jugará: una con Atlético Nacional y dos con la banda roja. Sabe de memoria en qué momento ganar segundos, cómo tirarse al piso tras los centros, cuándo salir y cuándo quedarse. Físicamente está impecable. Lo demuestra en el tiro libre de Mac Allister, una pelota que parece simple, pero que lo lleva a zambullirse de palo a palo hasta abajo.

Esa confianza es en la que creen sus compañeros. Es un hombre de fe y su espalda, entonces, considera que la cuida dios y su familia. Su talento es extraordinario, su papel en los octavos de final contra Cruzeiro fue determinante y contra Cerro Porteño demostró su capacidad en los mano a mano. Cuando los jugadores de Boca y de River se saludan antes de que arranque el partido, es el único que le da un beso a un rival: comparte la Selección Argentina con Andrada, se llevan muy bien y ambos están en un nivel extraordinario.

La calma identifica a Armani. Ese cuerpo gigante, de hombros altos, que se desplazan como péndulo. Tiene 33 años, pero los arqueros todavía son jóvenes a esa edad. Gallardo confía incondicionalmente en él y sus compañeros saben que los acompaña y empuja desde atrás. La próxima final lo pone al límite de ser el arquero con más Libertadores de River. Aunque ya no le hace falta más para quedar en la historia, él sigue buscando. Tiene en el adn la ambición y, por eso, no falla en los momentos importantes.

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