Enzo Pérez, el jugador que se convirtió en la bandera de River

Un festejo inolvidable para el volante millonario

A Enzo Pérez le corre el partido por la sangre. La Bombonera cruje, no se escucha nada, pone el rostro serio de siempre, abre los brazos, señala al cielo, se besa un dedo y le pide a algún dios que no lo abandone. Hasta hace unos quince minutos, entraba en calor solo, en el círculo central de la cancha, subiendo y bajando los brazos, abstraído del alrededor. Pero ahora está en la cancha, ya es en serio, va de nuevo, contra Boca, por la Libertadores y tiene que transformar su estilo parco en furia. El silencio se vuelve grito de vamos y el equipo ya lo siente. River tiene su alma en la cancha.

El comienzo del partido lo agota. A los 15 minutos, hay un jugador en el piso, Gallardo lo llama, junto a Palacios, para recalcular la estrategia. Hasta ahora, el partido de Pérez es semejante al de la ida: juega libre a la caza de los bochazos que caen, poniendo la cabeza o lo que sea para despejar. No tiene espacio ni tiempo para jugar, como la otra vez. Aunque tenga clase para otra cosa, sólo batalla. Siempre es un talento saber respirar bajo el agua. Más, si la falta de oxígeno, es la presión de un estadio mítico como La Bombonera. 

Pero hay un instante en que el aire se le acaba: un centro, la pelota cae, intenta rechazar, le da de zurda, se le va para atrás, la historia se frena, el público abre la boca para gritarlo y Armani llega para sacar lo que podría haber sido un gol en contra catastrófico. Enzo lo levanta, le da la mano y le agradece. Como hincha y como compañero.

Se abrazan todos los jugadores en el centro del campo. Gallardo les pide que vayan al vestuario, que no festejen ahí. Enzo Pérez corre, agarra una cámara, abraza el lente y pega un grito de emoción. Son alaridos de vamos, vamos, vamos. Se sacude el flequillo. Se mueve la mezcla de transpiración y de lágrimas. Salta como si no le entrara toda la alegría en el cuerpo. Es así. Toda la tensión ahora entró en libertad. Los sueños del pibito de Mendoza al que le pusieron su nombre por Francescoli flotan en La Bombonera. Ahora sí, el alma vuelve a su cuerpo y, desde ahí, le grita a todo el estadio: “Vamos River, carajo”.

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