Universidad Católica tiene su cultura de juego

El equipo de Ariel Holan no sólo ganó sino que mostró una propuesta con sello propio. Un viaje a la coherencia.

Puede decirse científicamente que es sistema. O antropológicamente que es cultura. O futbolísticamente que juega a algo. Ariel Holan se tapa la cara con un barbijo y hasta podría no estar en el cesped y, aun así, quedaría en claro que está jugando su equipo. Universidad Católica es el bicampeón de Chile y no ha podido enrrostrar el proceso en el continente. Los objetivos no cumplidos se pueden lograr con ideologías más defensivas o más ofensivas o más coraje o más concentración. Acá las cartas están sobre la mesa: su destino y su apuesta es la identidad. Que el rival sepa que juega contra una idea.

Se visualiza en las salidas: con paciencia, mueve de lado a lado y, en cada recepción, sus centrales conducen hasta ir hacinando al rival. Al Gremio de Renato Portaluppi eso le gusta y le ha dado efecto, pero hoy tiene un problema: no está de movida su histórico Walter Kanemann y Geromel se lesiona. Esa fragilidad lo detona. A esa situación, hay que decirlo, lo lleva el mérito está en el local que no abandona ni un segundo la convicción de que una vez la historia va a salir.

Se observa en el progreso: los laterales y los extremos hablan un mismo idioma, no se superponen, Rebolledo sabe entender la incertidumbre que vuelve especial a Puch. Una va a ir adentro y el otro afuera. Fuenzalida, del otro lado, da una clase de táctica y de técnica para orientarse hacia los dos hemiferios como si fueran el mismo. Sabe arrancar de lateral como también comprende cuándo asumirse interior y cuándo cumplir funciones de extremo. Los internos y el centrodelantero recorren áreas donde lo fundamental es esperar: juego de posesión puro.

Al comienzo, a Católica le costaba. La progresión no encontraba dónde ser punzante. Un movimiento de posiciones fue, durante un rato, indispensable. Porque Aued, que estiraba desde la banda, en esta función de interior izquierdo, ganó el centro de la cancha, conquistándole espacio a Ignacio Saavedra. Desde su zurdo, se encontraron los lugares para hacer daño y el entendimiento del abc de lo que la jerga futbolera denomina tercer hombre.

Desde el gol, los de Holan agarraron el partido del cogote y ya no lo soltaron más. Hay que admitir que, en ese proceso, lo fueron acariciando hasta volverlo propio. Le impuso su idioma, ese que se visualiza en el tiempo, que cobra fuerza y que, ahora, golpea la mesa con su identidad.

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