Milton Casco: una teoría de Gallardo con ideas de Guardiola y de Van Gaal

Pep Guardiola abandonó los festejos del Oktoberfest y, junto a Manel Estiarte, se tomó un avión a Turín para poder ver un partido entre Roma y Juventus. Tenía que jugar en la capital de Italia en unas semanas, por la Champions League. Dirigía a Bayern Munich y estaba haciendo un análisis puntilloso. Pondría tres defensores: con una trampa. Su volante central sería Xabi Alonso al que le aclaró: “Los primeros 10 minutos, Totti va a presionarte. Después te dejará. Ahí, pasarás a jugar de central”. Cuando terminó esa frase, miró a los ojos a David Alaba, quien estaba parado como el más a la izquierda de sus tres defensas y le aclaró: “Sólo jugarás ahí mientras ellos tengan la pelota, cuando sea nuestra, serás un centrocampista más”. El mentor del mejor Barcelona de la historia probaba una variante que hacía tiempo venía digiriendo y que tiempo después emplearía en Manchester City con Fernandinho en ese lugar: desconcertar la presión del rival y sumar caudal hacia el centro de la cancha con un jugador impensado.

Antes de ser entrenador, en sus últimos días como jugador, Marcelo Gallardo vio al Barcelona de Guardiola y le dijo a un periodista, sentado en el césped del Monumental, en una producción de fotos: “Yo quiero que mis equipos jueguen así”. Cada idea produce un arte diferente y su River pasó de la imaginación a justificarse por sí mismo. Conceptualmente, lo más visible es la “presión tras la pérdida” de aquel equipo de Pep y que el Muñeco cautivó desde el césped y desde videos del Barsa, de conjuntos de Marcelo Bielsa y de la Universidad de Chile de Jorge Sampaoli.

Pero hay una variante táctica que ya se volvió una firma de River. Aprovechando las características de Milton Casco -un defensor ambidiestro con buen pase corto, capacidad de controlar hacia los dos hemisferios, velocidad y lectura de juego- construyó un esquema que inicia en 4-1-3-2 y en donde su lateral por izquierda se suma a la posición de doble cinco.

En las inferiores de Gimnasia de La Plata, donde conoció a Nacho Fernández, dos años menor, Casco sorprendía a todos: era un chico que se quedaba pateando córners con la zurda y con la derecha. Jugaba de extremo o de mediapunta por el lado que fuera. Pero le costaba afianzarse. En un amistoso entre los del Lobo y Newell’s, el Tata Martino lo vio y le preguntó a Pedro Troglio por qué era suplente. No encajaba con el estilo de Gimnasia y el entrenador de México decidió contratarlo para que compartiera con Gabriel Heinze el costado de la defensa izquierda. Salió campeón, en un equipo que el propio Gallardo todavía admite como lo mejor de los últimos veinte años del fútbol argentino. Era un lateral izquierdo distinto. Llegó a Newell’s para reemplazar a Leonel Vangioni, que había emigrado a River. Cuando Vangioni se fue a Milan, Casco, otra vez, apareció para reemplazarlo.

Al comienzo, no funcionó con Gallardo, hasta que el Muñeco le encontró la vuelta. Hacía tiempo que al entrenador le gustaba que Leonardo Ponzio abandonara las funciones de volante central y ocupara el puesto de líbero. Soltar a los laterales y que la línea de tres sea la que cubriera la zona.

La función de los laterales en los equipos de Gallardo es la nueva teoría que, por estos días, explica Louis Van Gaal, arquitecto del Ajax campeón de la Champions League de 1995, equipo que hizo del uso de los extremos una obra de arte, con Mark Overmars y con George Finidi como hombres claves. “Durante años, se prepararon laterales capaces de destruir a los wines. Ahora ya no sirve que el futbolista esté ahí, ahora los extremos tienen que llegar desde atrás”, le resumió a un entrenador que, atónito, miraban en el aeropuerto de Amsterdam cómo Dios negaba a la Bilbia.   

“River tira por partido cerca de 20 centros. Somos dos delanteros más el volante que llega que nos organizamos para atacar para dar variantes”, explicó Lucas Pratto. A Gonzalo Montiel los compañeros le dicen Cachete y, cuando pasa a toda velocidad por el costado derecho, suena a los gritos su apodo en el Monumental para que él les tire la pelota. Con Casco no siempre ocurre: suelen ser los volantes quienes ascienden por afuera en el sector izquierdo. Allí el marcador de punta puede aparecer por cualquier lado.

Toda esa tarea es mucho más sencilla cuando está Nacho Fernández. “El fútbol es desordenarse para atacar y ordenarse para defender”, definió, más de una vez, Marcelo Bielsa. Éste mediocampista, emblema hoy de River, ejerce esa profecía como nadie: desparramar posiciones con la pelota y regresar ordenadamente cuando se la pierde. Miguel Ángel Russo, entrenador de Cerro Porteño, dijo en la Cumbre de entrenadores de Asunción de 2019, cuando todavía dirigía a Alianza Lima, que lo mejor que tenía el equipo de Gallardo era la presión para recuperar la pelota. Ponzio lo explicó con claridad: “Marcelo entendió que el fútbol sudamericano no es como el de Europa. Allá la consigna es, si la perdés, pasar la línea de la pelota. Acá intentamos recuperar en el campo rival para no tener que esperar, agarrar y volver a construir todo de nuevo”. La pregunta es qué ocurre si esa búsqueda no sale. Guardiola explica que hacer que el lateral se pare de doble cinco es una gran fórmula para jugar y, también, para frenar los contragolpes del rival. Ese manual, Casco lo conoce de memoria.

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