Campuzano, de la noche histórica contra Colo Colo a jugar en Boca

Ya jugó en la Selección de Colombia. Es volante de contención. Convenció a su padre, profesor de química, de que lo dejara jugar al fútbol. Eso sí, a cambio de estudiar.

Don Arístides Campuzano quería que sus hijos estudiaran. De los 12500 habitantes de Tamalameque, él era de los pocos expertos en química. No siempre le salía que sus hijos se concentraran: apenas bajaba la vista, se iban por una puerta a jugar a la pelota. Logró convencer a Frederich. A Jorman, el corazón le palpitaba una cosa: a los 15 años, agarró sus valijas y se fue a Bogotá. La vida allí no le fue fácil, pero en un picado en una plaza lo vieron y lo llevaron a un club. Aún así, costó. No tenía plata. Iba de casa en casa, de tío en tío. Hasta que lo descubrió el argentino Hernán Lisi. Jugó un tiempo en La Equidad. Él mismo lo llevó hasta Banfield, en Argentina, para una prueba: no quedó. Nada salía, hasta que leyó un anuncio en el diario: Deportivo Pereira buscaba futbolistas. Vendió su celular y se probó de defensor central. Hasta quedar. Para siempre.

Se mantuvo tres temporadas en Pereira. Encontró en el mapa del césped el lugar que quería: volante central. En cualquiera de los esquemas del mediocampo -definen los analistas-, él es un pivote defensivo. Tiene buen primer pase y tiene una pronta recuperación. Aunque hasta enero de 2018, cuando Atlético Nacional decidió contratarlo, le costó encontrar su mejor nivel. Suena lógico: Pereira militaba en la segunda categoría y hacía falta más roce. En el gigante de Medellín, se transformó. Es que el corazón le explotaba: Don Arístides, que en todo este tramo nómade lo obligó a culminar el bachillerato, siempre fue hincha de Atlético Nacional y lloró el día en que su hijo le anunció que se iba.

Pasar al primer nivel lo hizo cambiar una cuestión fundamental: la alimentación y el entrenamiento muscular. Con Jorge Almirón como técnico, empezó a cambiar su cuerpo: a los 175 centímetros que mide le agregó espalda. “Un chico sano, trabajador, con la cabeza abierta para entender”, lo define uno de los cuerpos técnicos que lo tuvo. Entonces, creció.

Su prueba de fuego la tuvo contra uno de los grandes enganches de este continente: Jorge Valdivia. Fue en la primera fase de la CONMEBOL Libertadores de 2018. En Santiago de Chile, en un partido de lo más trabado, el volante ingresó a los 57 minutos. Fue la figura. Sus recuperaciones funcionaron de sostén. Medellín se liberó. Cuando se venía un ataque, cortó, entregó perfecto a Vladimir Hernández, quien gambeteó a Agustín Orion y abrió la jornada. La conclusión estaba lista: Jorman Campuzano estaba preparado para las difíciles.

Lo vieron de la Selección de Colombia. Lo llamaron: ya era parte de la nueva generación cafetera, la siguiente a la de José Pekerman. Debutó contra Venezuela, curiosamente, ingresando en lugar de Wilmar Barrios, colega suyo en Boca, su nuevo club, una de las plazas más prestigiosas de este continente.

Es diestro. Técnico, con velocidad media. En espacios reducidos, es un gran tocador de pelota. Resuelve en pocos movimientos un pase. Contención puro. Se caracteriza por tomar buenas decisiones. El tema estará en cómo se adapta al fútbol argentino que, por características culturales, suele dar menos espacios para mover la pelota que el colombiano. Aunque tiene técnica para organizar el juego, difícilmente se adapte a otra posición que la de adelante de los centrales. Advierten quienes lo conocen que su mayor talento es saber mandar al equipo para adelante: como ocurrió en aquella noche mítica contra Colo Colo.

Cerrar