Boca no baja el ritmo

Mantuvo la intensidad que sostenía antes del parate. Mete contraataques muy difíciles de controlar. Salvio es su estrella.

Boca tiene electricidad. Da un paso de la mitad de cancha y hay un vértigo que ocurre. Por cualquier zona puede aparecer un receptor de una pelota con aroma a gol. Es vertical: no es lo suyo la pausa ni dedicarse a juntar las fichas. Rápido, despegue y lastima. Surge de los pies de su arquero, que tiene un guante como para dejarla donde sus ojos le permitan. Eso hace que cada vez que una jugada finaliza en las manos de Esteban Andrada, el rival ya necesita un plan para cuidarse. De lo contrario, te vas a encontrar con variantes de extremos y de mediapuntas que van a herirte. En especial, si se trata de Eduardo Salvio.

Carlos Tevez es fundamental en el engranaje. Está en su posición ideal: detrás del nueve. Ni enganche ni centrodelantero, un poco y un poco. La pandemia no pareció afectarle ni los poderes ni las piernas. Y, sobre todo, la cabeza: porque cada día ve más jugadas. Tarde o temprano, se vuelve el socio de los extremos. Que se apoyan en él para despegar. Gonzalo Maroni, devuelto a la camiseta de Boca, entiende los éxitos posibles de esa relación y por eso aparece tan libre.

Nada sería posible sin Jorman Campuzano. El entrenador Miguel Russo le dio alas y el colombiano -qué trillado eso en Boca, pero se repite- se hizo cargo de la mitad de la cancha. La maneja en sociedad con Pol Fernández, que siempre tiene un toque o una gambeta o un pase largo para aportar. Más adelante, cumpliendo la misma función, está Franco Soldano, generoso para generarles lugares a sus compañeros y, además, fundamental para presionar. 

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