Banderas en tu corazón: el aliento de River en el Parque Kennedy

En el corazón de Miraflores, los hinchas del Millonario se juntaron a compartir emociones en la previa de la final.

Un pibe se sube a la rodilla de un amigo, pisa el hombro de otro compañero de emoción, clava el tobillo sobre otro cuerpo, se trepa a un semáforo, mira esos colores de banda roja en el Parque Kennedey de Lima, se agarra la cabeza como si no lo pudiera creer y agita una canción. Baja dos metros desde el aire, se toma un vaso de fernet que trajo desde Buenos Aires, abraza a un amigo y le dice casi entre lágrimas: “No puedo creer estar acá”. El banderazo de River en Lima es el lugar donde se juntan las almas que están soñando. De palo y gigantes, chiquitas hechas en casa, con el mapa de las Malvinas, con el rostro de Gallardo: los trapos están en el corazón.

La multitud copa la avenida Ricardo Palma. A un gordito le agarran ganas de hacer pis, no sabe dónde y un compañero le canta la posta: “Andá a aquel local y decile que te dejen usar el baño y, si te dicen que no, le decís que vos sos el campeón de América”. Un nenito de cuatro años está a upa de su mamá, lleva en el brazo izquierdo un muñeco Hulk y con el derecho agita las canciones que no sabe, pero que siente desde la cuna. Hay filiales de Trelew, de Miami, de Lima. Hay una chica del sur del Gran Buenos Aires a la que no le salen los temas porque no para de llorar y en cada grito se ahoga con una lágrima. Hay un sobrino que le muestra el escenario a su tío con una videollamada. Hay fuegos artificiales. Y hay un abrazo, precioso, de dos amigos que se reencuentran después de viajar hasta por el desierto de Atacama y se murmuran: “Llegamos, misión cumplida”.

Los peruanos piden fotos con los hinchas como si fueran turistas. La final de la Libertadores posee a los laburantes que salen del centro de Miraflores y se cruzan con el fervor riverplatense. Hay remeras de Ponzio, de Pratto, de Enzo Pérez y un personaje que se escribió en el dorso: “KingTeros”. “Con esta última, me puedo morir feliz”, prometen, como si no hubiera alcanzado la historia de 2015 y Madrid. No basta. Gallardo, que está dibujado en un trapo gigante colgado desde dos hilos a un árbol, le dice eso a sus jugadores cada día después a ganar. Mañana cueste lo que cueste reza la canción del final. A dormir, que la final contra Flamengo es la nueva ilusión que los trajo hasta el corazón de Lima.

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