Así lo vivió Marcelo Gallardo: las indicaciones, los retos, los gritos y el elogio a la presión

Bancó a Julián Álvarez. Se quejó de los pedidos de São Paulo. No gritó, pero exigió robos y toques para bajarle el ritmo al partido.

Lo que enseña es el estímulo. Porque hay tantos ejercicios como links de Youtube donde verlos. Lo que los diferencia es la sustancia de la fórmula de la Coca: cómo y qué se aplaude. El Libertadores de América está sin gente, pero hay tanto griterío en el césped que no hay vacío. La voz de Gallardo sobrevuela la pelea. Es un eco. Lo que aplaude es lo que quiere: “Bien Rafa, bien Nico, bien Mati”. Está hablando de presiones. De eso, también, habla su equipo.

Alguna vez, el entrenador de River explicó: “A mí me gusta que los equipos tengan variables en el juego. En un partido de fútbol hay muchos momentos. Hay que saber interpretar cuáles son favorables y cuáles no”. Eso late en el partido contra São Paulo, que aprieta los dientes porque ganar le es indispensable para clasificarse a octavos de final. Hay mucho run run arbitral y el técnico sugiere: “Estemos tranquilos”. Javier Pinola, desde atrás, lo apoya: “No entremos en la de ellos”.

São Paulo dispone un inicio de juego particular: los dos volantes centrales -Dani Alves y Tché Tché- se paran a los costados del arquero, los defensores se vuelven laterales y los carrileros se posicionan unos pasos delante del área grande. Hay como mínimo siete futbolistas en un pequeño pedazo de tierra y Gallardo se relame: “Vamos a tratar de robar”.

Cuando la presión surge efecto y la pelota se recupera, el adn de River es lanzar rápido a las defensas rivales extendidas. El partido pide otra cosa. Lo entiende Gallardo que emula un gesto de silencio cual director de orquesta y sentencia: “Calma”. Ahí, el equipo toca. Como si pudiera manejarlo con un joystick. O con hegemonía, que es esa forma de poder vuelta consenso.

Como si hubiera estudiado el profesorado de docente de primaria, el Muñeco sabe que hablar bajito resuena más que un grito. “No pasa nada, dale”, retumba, cuando Diego marca el empate de São Paulo. Respiran. El griterío de los brasileños exigiendo faltas está a la altura de la histeria que genera la circunstancia. “Todo gritan estos”, se queja Rafael Borré. El técnico le da la derecha unos segundos, apenas, porque al toque lo obliga a concentrarse. Hay que plantarse, sin perder de vista qué es lo que se está jugando.

Tan importante es eso que, en el medio de una pelea, cuando el partido se está terminando, le grita enfurecido a Pratto: “Lucas, metete ahí, sacá a la gente”. Sabe el pasado del delantero en São Paulo y su conocimiento de los rivales. Controla hasta la paz.

La desesperación pocas veces lo satura. O, al menos, no lo muestra. Cuando se le escape, lo expresa en nombre propio: Julián Álvarez, el goleador, se olvida de perseguir a Reinaldo. “Julián, Julián, Julían” y el pibe larga una prueba de 50 metros para llegar. El premio es caricia y es sobrenombre: “Está bien Juli, ahí está bien”.

Lo ayudan intérpretes que entienden el partido. Enzo Pérez le apunta a De la Cruz que cuide el pase para afuera. Pinola mira cómo está parado el rival e indica: “Cache, podés ayudar”. Montiel se siente habilitado a presionar. Armani ve un desbalance y le aclama al Chino -Martínez Quarta- que le pida ayuda a Enzo para tomar a los delanteros.

Pero no alcanza sólo con el estímulo o con el manejo de los tiempos. Hay detalles tácticos que hacen a las virtudes de un entrenador. El fútbol es de los jugadores y hay que aclarar, primero, que Matías Suárez es absolutamente mágico y desequilibrante. Aun así, hay que destacar la capacidad de Gallardo para ver un hueco entre Diego y Juanfran. Ahí lo manda a su crack y le indica que haga diagonales hacia afuera para que el central derecho lo persiga, se evidencie un espacio y Álvarez pueda entrar para gritar el segundo gol.

 

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