Andrada: los viñedos, el Barcelona, el penal de Salah, su papá y las finales perdidas

El arquero de Boca guarda una historia de sacrificio. Siempre se destacó en la Selección Argentina. La historia de lo que le costó consolidarse en Primera.

Le avisaron desde la recepción que tenía una carta. Estaba de gira con el sub-20, en Lima. El remitente era holandés: el PSV quería saber con quién hablar para contratarlo. No había debutado en Primera. Apenas unos meses más tarde, unos catalanes llegaron a Buenos Aires. El Barcelona también le ponía los ojos. Se reunieron con su representante. Hicieron la oferta. Lanús la rechazó: “La política del club es no vender jugadores que no debutaron”. A Esteban Andrada lo sacudió, pero no le dolió. Desde los 14 años, el equipo granate era su casa. Tanto que, al llegar desde San Martín de Mendoza, había vivido en la pensión que queda debajo de una de las tribunas del estadio Néstor Díaz Pérez.

Andrada se lució en el Mundial sub-20 de Colombia, en 2011. Compartía equipo con Nicolás Tagliafico, Germán Pezzella y Erik Lamela. Sólo le hicieron un gol: contra Egipto, no pudo detener el tiro desde los doce pasos de Mohamed Salah. Argentina llegó a cuartos de final y perdió por penales contra Portugal. En la definición, atajó los dos primeros y sintió que ya estaba. Pero no. Quedaron afuera y, sobre él, cayeron todas las luces.

El debut en Primera, aún así, le costó muchísimo. Detrás de Carlos Bossio apareció Agustín Marchesín, tres años mayor que él, actual compañero en la Selección. Ahí sí, la desesperación le empezó a correr por el cuerpo. Necesitaba partidos para agarrar ritmo. Le pidió a la dirigencia irse a otro club a préstamo para sumar minutos. Hasta que apareció Arsenal.

“El Flaco llegó cuando yo estaba por retirarme. Hablaba poco, pero siempre quería aprender. Era muy talentoso y se le notaba en los entrenamientos. Al principio le costó en Arsenal. Hablábamos mucho de que estuviera tranquilo. Que eligiera bien cuándo salir. Bah, no hablábamos. Él escuchaba, era un monólogo mío”, cuenta Alejandro Limia, arquero del club de Sarandí en esos días, ahora ayudante de campo de Gastón Esmerado en Almagro.

A Andrada se le pondera su capacidad para jugar con los pies -esa mezcla de técnica de pase, de lectura de juego y de control orientado de pelota-. Cuando era un principiante lo que la zona donde más cómodo se sentía era bajo los tres palos. “Aprendí a salir bien en los centros estando en Arsenal porque nos tiraban muchos pelotazos y mis compañeros me pedían que saliera”, confiesa el arquero, que hoy puede certificar en los 1048 minutos que lleva sin recibir goles ser un arquero más que completo.

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Andrada acaba de ganar su primer título en Boca, contra Rosario Central, en la Supercopa Argentina. Por penales. Un periodista se acerca y le consulta:

- ¿Es mucha presión ser el arquero de Boca?

- Presión tienen los que se levantan a las 5 de la mañana y tienen que trabajar todo el día para llevarle el pan a su familia. Nosotros trabajamos con responsabilidad, y la verdad es que estamos disfrutando que se nos haya dado.

En febrero de 2019, la Federación de Obreros y Empleados Vitívinicolas presentó un informe que los trabajadores de recolección de uvas ganaban 13500 pesos -237 dólares- por jornadas de 8 horas al mes. En Mendoza, la provincia por excelencia de la cepa Malbec, hay 16 mil personas que se dedican a esto. A los 15 años, a Andrada se le murió su papá. Todavía estaba en Mendoza. Su mamá y sus cinco hermanos entraron en serios problemas económicos. Entonces, a él y a un amigo nos les quedó otra que ir a trabajar a los viñedos.

Así lo relata el propio Andrada: “Es un trabajo agotador. Hay un camión que te busca a las 6 de la mañana y te lleva. Depende del parral que te toque, podés tardar una hora o media o quince minutos o cinco. Yo le metía desde las 8 a las 12. Paraba, comía una vianda o un sánguche y seguía. El tacho donde las ponías podía ser de 20 de 25 kilos. Vos lo llenás y lo descargás en un camión. Ahí te dan una fichita. Vos la guardás y el fin de semana las entregás y te pagan”.  

Cuando pudo juntar plata, Andrada le propuso a su mamá que se fueran a vivir al centro de Mendoza. Le alquiló un departamento para ver si se acostumbraba. No fue posible. El barrio es el barrio. Entonces, le agrandó la casa. Al menos así los hermanos podrían dejar de compartir todos el mismo cuarto. El fútbol, para él, como para montones de chicos del continente, es la salida de un trabajo de explotación.

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La llegada de Jorge Almirón a Lanús le cambió la perspectiva a Andrada. Cuando Santos Laguna compró a Marchesín, llegó Fernando Monetti desde Gimnasia de La Plata. Él regresó del préstamo en Arsenal, como tercer arquero, hasta que Matías Ibáñez pasó a Temperley y terminó como primer suplente. Estaba convencido de jugar. "Aunque no fuera titular, pedía ir a la reserva para no perder ritmo", cuenta Pablo Richetti, segundo entrenador del equipo. Hasta que el titular se lesionó la rodilla y le llegó su turno. Para siempre.

Andrada se volvió una pieza fundamental de aquel Lanús que supo ser de los mejores equipos del fútbol argentino y de Sudamérica. Ganaron, primero, la liga local y, luego, llegaron a la final de la Libertadores. Tras darle vuelta una semifinal histórica a River, de perder 0-2 a ganarlo 4-2. Almirón, a la distancia, cuenta cuál fue el momento clave de aquella noche: "Estamos perdiendo 2-1 y hay una jugada que nos roban en la salida. Pity Martínez la roba. Un jugador se la intenta picar al arquero y se le fue. River estaba emocionalmente fuerte. Nuestro arquero, Andrada, pone la pelota para sacar y se la da a Marcone. Volvemos a salir por abajo, sin importar que la habíamos perdido. Lo presionan, dimos 22 toques y metimos el segundo".

La convicción en el juego fue fundamental para Andrada. Un arquero que entre tanto talento guarda una desdicha: participó de lás últimas dos finales de la Libertadores y las perdió. Una contra Grêmio, otra contra River. En frente tendrá a Franco Armani, colega en la Selección, quien también ya tiene dos finales, aunque ambas ganadas. Va por la tercera, que puede ser la vencida. A la que llega con un récord impresionante sin recibir goles. Ya no sale jugando desde abajo porque Gustavo Alfaro le pide que lance largo hacia el centrodelantero, pero él se las arregla para destacar.

"La Libertadores es lo máximo", suele decir. Cuando murió su papá, no quería entrenarse más y su mamá le tiraba los botines hacia la calle para que saliera, agarrar la bicicleta, no aflojara y se fuera a entrenar. Una vez más, entonces, contra River, y esta vez con la camiseta de Boca, saldrá a la cancha y mirará al cielo. Es una costumbre y es el ángel a quien le dedica su vida: "Sé que mi viejo está orgulloso de lo que hago. Juego para él".

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